La intolerancia a lo que otros dicen, a lo que otros piensan, a lo que otros creen, a lo que otros son, a todo lo que no se parece a lo que uno dice, piensa, cree o es, constituye una constante de todos los tiempos. En el año 2001 un secretario de estado de México, o ministro como le llaman en otros países, desató una fuerte polémica por el hecho de que su hija estaba leyendo “Aura” de Carlos Fuentes, obra literaria contemporánea que formaba parte de las lecturas del curso de español, y que, desde su perspectiva personal, era pornográfica y no apta para la adolescente. Como padre de familia envió una queja a la dirección de la escuela, y esto ocasionó el despido de la maestra. En otro evento, en el año 2002, y a raíz de los incidentes terroristas del 9/11 del 2001 y ante el temor de un presunto manejo de información científica para crear armas biológicas, el presidente de los Estados Unidos George W. Bush impuso una censura a las fuentes de información que sobre el tema existían en la internet, luego hizo que se retiraran de las bibliotecas todos aquellos documentos (artículos científicos, manuales de laboratorio, reportes y libros técnicos, etc.) que pudieran servir a los teroristas para construir y utilizar armas biológicas, e impuso una censura a los textos de los científicos, que se estaban escribiendo o en vías de publicarse, y que a juicio de los censores pudieran brindar información práctica a los terroristas. Pero también lo que se está viendo en México a últimas fechas, es que al parecer el crimen organizado también censura, pues algunos defensores de los derechos humanos y varios periodistas han sido asesinados por hacer señalamientos inconvenientes. Además, la reciente aprobación de matrimonios gay en México y la posibilidad de que puedan adoptar y criar niños, es otro asunto que en estos días ha causado grave conmoción en la sociedad del país, y, sin duda alguna, ha despertado la intolerancia en todos los sectores de la población. Continuar con este tema sería interminable, por lo que antes de acabar comparto al único lector que llegue a entrar en este blog un breve artículo mío, de principios de década, sobre esta cuestión.
LA CENSURA Y EL COMISARIO
Es sabido que aunque la censura no exista oficialmente su práctica es común, así sea disimuladamente, en gobiernos, instituciones y medios de todo el mundo. La intolerancia a otras razas, lenguas, religiones, ideas políticas o expresiones culturales, es la actitud que subyace a la censura. El daño que la censura produce en las sociedades puede llegar a ser irreversible y afectar su futuro.
No es gratuíto que buena parte de la sociedad mexicana se halla alborotado por el acto de intolerancia que el sr. Carlos Abascal, Secretario del Trabajo y Previsión Social, mostró en días pasados por el hecho de que su hija tuviera que leer en el colegio las obras: Aura de Carlos Fuentes y Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, las cuales contienen, a su modo de ver, pensamientos inmorales.
Su preocupación surgió como padre de familia y en un entorno privado, por lo que envió una nota de queja a la directora de la escuela. Por ser quien es el sr. Abascal, la nota no fue desatendida por las autoridades del colegio por lo que su palabra, así fuera en voz baja, pesó lo suficiente como para que se vieran en la obligación de tomar medidas contra la maestra de español. La falta de la instructora fue encargar la lectura de las obras mencionadas. De tal forma, la queja del sr. Abascal afectó los derechos de otras alumnas y de la maestra, quien finalmente se encargó de hacer trascender la noticia.
La historia del hombre es la intolerancia. En la desaparecida Unión Soviética, pavimentada con la ideología marxista leninista, se llegó a suponer que había una ciencia comunista y otra capitalista, una literatura proletaria y otra burguesa. La censura incentivó el crecimiento de unas disciplinas, las que favorecía la dictadura por su carácter ideológico, pero acabó con otras. Por ejemplo, el seudo-científico Trofim Denissovitch Lysenko generó una “ciencia agrícola proletaria” que dio al traste con la biología científica rusa, la cual era competente al comienzo de la era soviética. Más que ciencia, lo que Lysenko pregonaba era una serie de creencias que exhortaban al desarrollo de técnicas de propagación vegetal para producir más alimentos para el proletariado, técnicas como la transformación de productos del campo de invierno en productos de verano, a la vez que acusaba a los académicos de teóricos, gastadores, improductivos y enemigos del Estado.
Lysenko, cuya única preparación eran dos cursos -uno de horticultura y otro de técnicas de propagación de plantas-, causó persecusiones y desapariciones de científicos. Logró la negación oficial de la teoría genética y provocó, al convertirse en asesor de Stalin y luego de Krutschev, la erradicación de la investigación genética en la URSS. La influencia de Lysenko sobre la biología soviética se extendió desde 1927 hasta 1965, con lo que su país perdió terreno en las investigaciones de la biología aplicada ante las naciones occidentales.
En 1974 el Ministro de Agricultura de la Unión Sovietica hizo pública la catástrofe cerealera de su país, originada en gran medida por las “técnicas dialécticas” de Lysenko, crisis que en lugar de atenuarse continuó haciéndose cada vez más profunda e incontrolable. En los ochentas, la crisis del campo soviético jugó un papel preponderante en la caída de la Unión Soviética. Hoy día Rusia aún sufre las consecuencias del lysenkismo.
Pero en occidente también existen situaciones de censura importantes. Actualmente hay escuelas y universidades, en los Estados Unidos, donde se prohibe la enseñanza del origen de la vida según lo explica la ciencia. La posición asumida por quienes actuan de este modo, denominados “creacionistas”, se debe a que esa parte de la biología contradice el dogma de la creación enunciado por las Santas Escrituras.
La censura también es un reflejo del temor. Según Herbert Mitgang, antiguo periodista del Times que hace unos años publicó el libro Archivos peligrosos, una obra sobre “la guerra secreta contra grandes autores”, el gobierno estadunidense inició, desde los primeros años del siglo XX hasta la fecha, una histérica vigilancia sobre afamados escritores. La CIA, el FBI y otras agencias de inteligencia eran las encargadas de observar o espiar a esos escritores porque ellos y su obra, así lo estimaban, eran una amenaza potencial a la seguridad nacional.
Aldous Huxley era vigilado porque sus libros, principalmente Un mundo feliz, alertaban sobre los excesos de la ciencia y su impacto negativo. Thomas Mann, por ser de origen alemán. William Faulkner, porque su obra tocaba asuntos de política y de derechos civiles, particularmente de los negros. Pearl S. Buck, por haber sido criada en China y admirar al pueblo chino. Sinclair Lewis, por promover la lectura y fomentar la creación del club del libro; en este caso, agentes se inscribían al club para averiguar que clase de libros rentaba Lewis. Ernest Hemigway, por su participación con los republicanos durante la guerra civil española. John Steinback, porque su patriotismo estaba en entredicho. Dorothy Parker, por ser miembro de la Algonquin Round Table, agrupación tenida por el FBI como la mayor amenaza a los Estados Unidos dentro del país.
La cantidad de autores en esa lista negra es interminable: Dashiell Hammett, Irwin Shaw, Truman Capote, Thorton Wilder, William Saroyan, Lillian Hellman, John Dos Passos, Tennessee Williams, Edmund Wilson, Graham Greene, y Hannah Arendt entre muchos otros. Mitgang declara que hay muchos más autores vivientes en esos archivos, pero que por respeto a su privacía dejó fuera de la obra; no obstante, algunos de ellos, como Norman Mailer y John Kenneth Galbraith, no tuvieron impedimento de ser nombrados
A veces el puritanismo, la censura que inflige un gobierno a los gobernados o un padre a sus hijos peca de exceso. Luis Spota escribió en 1963 La carcajada del gato, novela que se basa en un hecho de la vida real, en la vida de un vendedor de plaguicidas artesanales que por más de veinte años mantuvo cautiva a su familia dentro de su casa, en la ciudad de México, por miedo a que fueran contaminadas por la maldad del mundo exterior, que estaba al otro lado de la puerta de entrada. En 1972, la historia fue filmada con el nombre de El castillo de la pureza, dirigida por Arturo Ripstein.
El eje de la intolerancia suele ser un sujeto siniestro. En la extinta Unión Soviética y en la China Popular había un personaje, censor oficial, cuya presencia ponía a temblar a quienes le rodeaban o se sabían escrutados por él; era el Comisario, una especie de inquisidor moderno. El destino de sus víctimas fue el aislamiento, el exilio en el Gulag o la muerte. Entre los afectados por los Comisarios se cuentan a Bábel, Meyerhold, Bulgákov, Pasternak, Gorki, Platónov, y cientos de autores más. Por excelencia, los Comisarios eran apasionados de su propio irracionalismo. Arthur Koestler definió al Comisario como “aquel que trata de mejorar el mundo cambiando a sus semejantes en lugar de mejorarse a sí mismo”.
VGA. Publicado en El Diario de Juárez en el año 2001.
Las Habilidades No Técnicas y el Desempeño Profesional
En lo personal creo que uno de los grandes vacíos que adoleció mi formación profesional en ciencias biológicas, allá en la década de los setentas del pasado siglo, no fue precisamente de carácter técnico (por el contrario, en eso estoy muy agradecido con mis profesores), sino de lo que en el vecino país del norte llaman habilidades no técnicas (non-technical skills), estas son: escritura científica y/o académica, elaboración de propuestas de investigación, búsqueda de fuentes de financiamiento científico, manejo de proyectos, ofrecimiento de charlas bien presentadas, creatividad profesional, organización y liderazgo de trabajo en equipo, desarrollo de bases de datos, toma de decisiones (que aunque usted no lo crea, ésta más que una habilidad es una virtud, y si no la posee tendrá que desarrollarla, pues un investigador en todo momento debe tomar decisiones, muchas pequeñas y una que otra importante de vez en cuando, pero decisiones al fin y al cabo), entre otras muchas habilidades, además de las nuevas habilidades no técnicas que surgieron en los últimos años con el desarrollo y popularización de la WWW, de las bases de datos digitales y de las redes sociales, como son el manejo y adaptación a los cambios constantes de hardware y software, los nuevos esquemas de comunicación en línea (blogs, wikis, facebook, twitter, youtube, etc.) que en inglés se le conoce como social media, la investigación en línea (que poco a poco se ha venido convirtiendo en una especialidad), la producción de materiales para plataformas digitales, etc.
Algunas personas afirman que esta clase de habilidades no son algo que se deba aprender formalmente, sino que se adquieren durante las actividades que el individuo realiza a lo largo de la vida. Yo no estaría tan seguro de tal afirmación, pues si no existe el interés por parte de uno en hacer algo o una presión externa que lo empuje a hacerlo, como un jefe de departamento exigente o un atractivo bono económico como incentivo, difícilmente un profesor universitario ensimismado en su cátedra y embelesado con su grupo de alumnos, y que además secretamente espera con ansias el mundial de fútbol o la tarde para jugar dominó con los cuates o las vacaciones o la jubilación, se atreverá a escribir un artículo científico o humanístico y sacarlo a la luz.
Pero en la vida diaria de los profesionistas universitarios también afecta positiva o negativamente la posesión de ciertas habilidades no técnicas. Por ejemplo, en un estudio realizado en el 2009 en Suiza, respecto a las habilidades técnicas (HT) y las habilidades no técnicas (HNT) de un grupo de paramédicos ante situaciones de emergencia simuladas (Wyl et al, 2009), se encontró que hay una estrecha relación entre las HT y las HNT con respecto al buen desempeño laboral, o sea, el éxito en el salvamento de emergencia. En este caso, las HNT se refieren a liderazgo, comunicación, conciencia clara de lo que ocurre, manejo de estrés, y relaciones interpersonales entre colegas, que son valiosas frente a situaciones críticas. Aún así, a pesar que en otros estudios se ha demostrado que la posesión o carencia de ciertas habilidades en este grupo de profesionistas es vital para esta clase de trabajo, la educación paramédica en Suiza no ha dado especial importancia a la educación para la adquisición de HNT de sus estudiantes. Por su parte, Engel (2008), en su artículo Non-technical skills, da cuenta de cómo las HNT son esenciales para la buena práctica médica y, en consecuencia, importante desarollarlas durante el aprendizaje, y nada más aconseja a los estudiantes a que las adquieran.
Es un hecho que, desde hace varios años, en prestigiosas instituciones del extranjero se enseñan las HNT como parte de sus programas de licenciatura o de posgrado. Cursos de escritura científica, pensamiento crítico, creatividad tecnológica, investigación en línea, son sólo algunas de las asignaturas que se imparten en toda clase de carreras, ya sean médicas, tecnológicas, sociales o humanísticas. El arrojo de esas universidades para tratar estos temas de una manera profesional y no sólo verlas como una habilidad fruto de la experiencia que el egresado adquirirá en el futuro, en esta primera década de milenio hace la diferencia entre instituciones vanguardistas y subdesarrolladas, entre las que forman graduados completos o a medias.
Referencias:
Engel N. 2008. Non-technical skills.
http://archive.student.bmj.com/issues/08/12/education/454.php
Consulta realizada el 18/I/2010.
Wyl T Von, M Zuercher, F Amsler, B.Walter, W. Ummenhofer. 2009. Technical and non-technical skills can be reliably assessed during paramedic simulation training. Acta Anaesthesiologica Scandinavica; Jan2009, Vol. 53 Issue 1.
VGA. Cd. Juárez. Frontera MEXUS. Enero 18, 2010.
PUBLICAR PARA VIVIR EN LA ACADEMIA Y LA CIENCIA
Publicar representa un gran logro, tomando en cuenta que a esto antecede un enorme trabajo de investigación y escritura, pero a veces este triunfo llega a ser insuficiente cuando de sobrevivir en el ámbito académico y científico se trata. Esto se debe a que todo lo que el profesor investigador saque a la luz pública será evaluado y tasado por los colegas, práctica a la que se le denomina “revisión de pares” (peer review). El valor del trabajo ante los demás dependerá de su originalidad y profundidad, su relevancia para el sistema de conocimiento, su potencial utilidad científica o práctica, de si el medio impreso empleado está registrado en un index internacional y del carácter de la revista donde fue publicado.
Pero en este escenario, como en cualquier otra actividad del hombre, hay niveles de aprendizaje, investigación y éxito. No se puede esperar o pedir lo mismo a un profesor de Oxford que a otro de la Universidad de Huejoquilla. Y no porque no exista masa crítica para hacer investigación de calidad –pues en México la hay; en menos cantidad pero sí con la visión y la capacidad necesarias para hacer cosas trascendentes–, sino por que se carece de infraestructura moderna, de apoyo financiero para construir y renovar el equipo y, principalmente, de la confianza por parte de los sectores productivo y de servicios.
Según Bunge (2000), los investigadores que en los países desarrollados no publican en revistas de circulación internacional no son vistos como científicos por sus pares. Su presencia en revistas y foros especializados es objeto de una continua vigilancia, escrutinio y calificación. “Su actividad no es evaluada por directores de departamento, ni menos aún por funcionarios estatales, sino por las revistas que sopesan sus artículos y por los organizadores de congresos encargados de seleccionar a los expositores invitados. Estos jueces son, en última instancia, los que determinan el rango y el salario de los investigadores.”
Y agrega, “en esos países, la consigna es: “publica o perece.” Esta consigna impone una lucha muy dura por la supervivencia académica. Allí no hay tal cosa como estabilidad del investigador. Si se le seca a uno el cerebro, mala suerte. Tendrá que ganarse la vida enseñando cursos elementales, con lo cual será mucho más útil y feliz que simulando seguir siendo lo que acaso fue alguna vez (o nunca) lo fue, cuando aún tenía curiosidad y empuje.”
Las publicaciones científicas y académicas, que son la medida universal de reconocimiento y recompensa dentro de la comunidad universitaria (en la cual está inserta la mayoría de los miembros de la comunidad científica mexicana), han pasado a formar parte de los sistemas de evaluación del personal docente de las universidades públicas de México. Cada año, los profesores universitarios reúnen pruebas documentales del producto del trabajo del año inmediatamente anterior para someterlo a una revisión arbitrada que, de acuerdo a un sistema de puntuación, le permitirá recibir una “beca académica” que complementará mensualmente su salario.
Como en cualquier tipo de sistemas de evaluación, las críticas no han faltado. No obstante, este programa ha hecho que los profesores participantes se esfuercen por llevar registros de sus actividades –que no todos lo hacían antes, y menos aún formalmente– y por producir nuevos materiales. Aunque no todo el trabajo evaluado dentro de este esquema tenga que ver con la investigación (o “generación de conocimiento”, como se le denomina oficialmente), se ha sembrado la preocupación por crear archivos del trabajo personal e institucional.
Pero investigar y tener resultados que publicar tampoco es suficiente para un científico. ¿Cuántas veces no hemos visto en México investigadores universitarios que después de realizar sus estudios almacenan lo que encontraron? ¿O estudiantes de licenciatura o postgrado que después de haber terminado sus proyectos de investigación para titularse, son incapaces de traducirlos en una tesis? Y esos materiales se quedan entre legajos y cuadernillos, y todo por que no saben escribir; porque ignoran la manera de escribir un artículo o una disertación.
La escritura de documentos científicos, empezando por lo básico que son las tesis hasta el desarrollo de propuestas científicas para la generación de recursos destinados a la realización de investigación propia, es un factor poco estimado y menos reconocido que incide positivamente no sólo en la generación de publicaciones científicas, sino en la creación de ciencia per se.
Los artículos científicos publicados son los que, en buena medida, hablarán por el autor, y algo que no deberá de hacer mientras continúe su vida en la academia. Pero esto no debe confundir a los jóvenes, un investigador no está todo el tiempo escribiéndolos y sacándolos a la luz, pues, aunque a muchos les pueda resultar difícil de entender, el académico investigador gasta más tiempo redactando reportes a instituciones que subsidiaron sus estudios, buscando financiamiento y elaborando nuevos proyectos y, si está comprometido con la educación superior, preparando materiales de enseñanza (Yore, 2002).
Referencias:
Bunge, Mario. 2000. El futuro de la ciencia en la Argentina: La cenicienta de siempre. Buenos Aires. La Nación.
Yore, L.D. 2002. Written discourse in scientific communities: a conversation with two scientists about their views of science, use of language, role of writing in doing science, and compatibility between their epistemic views and language. Australia: University of Victoria.
Artículo publicado originalmente en la columna Publica o Perece. CULCyT (Cultura Científica y Tecnológica), Marzo–Abril, 2006. Año 3, No 13.
Cambio de oficio
El obligado cambio de oficio para seguir ganándose la vida no es nada raro en la actualidad, hoy lo extraño es que una persona que por generaciones ha realizado una misma actividad, como el artesano de pueblo, continúe haciendo su mismo trabajo.
Los artesanos de las áreas rurales, que tejían maravillas o moldeaban el barro de su suelo en formas originales, se están llevando sus conocimientos y habilidades a las zonas urbanas de México o a los campos agrícolas de los Estados Unidos y Canadá; pero no para ponerlos en práctica, sino porque tiene que hacer cualquier otra cosa que les permita continuar viviendo.
Pero esto mismo también ocurre en las propias ciudades de cualquier país latinoamericano, ya que tampoco es de sorprender que un individuo que se educa formalmente, en una escuela técnica o universidad, termine trabajando en algo diferente a lo que es su carrera. En Estados Unidos he visto médicos latinos cocinando y vendiendo hamburguesas, en Argentina a abogados conduciendo taxis o sirviendo mesas en los restaurantes, y en México a contadores haciéndola de botones en hoteles de atractivos lugares turísticos.
No es que esta situación sea nueva, sino que por la crisis que lo artesanal está sufriendo debido al embate de la globalización de los productos de fabricación masiva y bajo costo, y por la crisis de empleo en el ámbito profesional, la búsqueda de alternativas laborales se ha convertido en un terreno común y harto transitado. Hace años estos cambios drásticos, como el abandonar una línea de trabajo por otra totalmente diferente, se hacían más por conveniencia propia que por necesidad, que es como sucede ahora.
Cambiar de un oficio a otro, de una actividad profesional a otra, comparativamente es un problema mayor que aquellos otros problemas que usualmente enfrenta el individuo en el trabajo que ya conoce. Es claro que una persona analfabeta o con poca educación, que vivía tejiendo o moldeando cosas en su pueblo, se verá en mayores dificultades para encontrar un trabajo en la ciudad que otra persona que tenga una preparación media o superior. Además, para complicarle el panorama, el cambio de ambiente les parecerá, al llegar a la ciudad, como si aterrizaran en otro planeta.
Para el caso del profesional, se supone, no debe de ser tan dramático el cambio. Karl Popper, especializado en plantear, estudiar y resolver problemas de todo tipo, desde las plataformas de la ciencia y la filosofía, decía que un universitario se prepara para resolver problemas. Mencionaba que es erróneo pensar que quien asiste a la universidad a aprender alguna profesión, p.e. el de matemático, debe de ir a un departamento que sea de matemáticas, asistir a clases con un maestro que enseñe matemáticas en una aula exclusiva para matemáticas.
Si uno sigue esa ruta de enseñanza, decía Popper, uno deberá, indefectiblemente, aprender matemáticas. Pero ese no es el único camino para aleccionarse en esa u otras ciencias, aseguraba, hay muchas otras maneras. Lo que pasa es que el conocimiento del hombre sobre la naturaleza de las cosas no era tanto en la antigüedad y cabía en una sola visión: la filosofía. Pero a medida que el conocimiento fue aumentando, hubo necesidad de dividirlo y subdividirlo y seguirlo partiendo, como en la actualidad, en múltiples disciplinas, cada vez más pequeñas y especializadas. Y debido a las incesantes actividades científicas e intelectuales del hombre, las dimensiones del conocimiento no son las mismas hoy que ayer, a cada segundo que pasa se agrega algo nuevo y diferente.
De tal manera, al aumentar el conocimiento hubo que partirlo para administrarlo, y así fue como surgieron las ciencias y las universidades. Quien va a la universidad a estudiar una pequeña parte del conocimiento, decía Popper, debe hacer de lado la idea de que únicamente va a estudiar una especialidad; es decir, también debe pensar que asiste para adquirir algo más que una profesión, que va a aprender a conocer y administrar problemas, sistemas de ellos y formas de entenderlos y manejarlos.
Por eso, afirmaba, que para aprender matemáticas u otra ciencia, quien poseyera los métodos ofrecidos en la universidad podría abrirse camino, con menor esfuerzo que quien carecía de ellos, hacia cualquier otra rama del conocimiento; es decir, la formación universitaria le permitiría al profesionista brincar, con menor riesgo, a otras ramas del saber y de la práctica profesional.
Este enfoque es quizá inadvertido, poco conocido o mal entendido por la mayoría de los universitarios; pero en la realidad hay individuos que, impensadamente, tal vez movidos por la necesidad o por el surgimiento de nuevos intereses y oportunidades, lo aplican a su vida profesional. En lo personal he observado la trasmutación exitosa de físicos teóricos en ecólogos, epidemiólogos en biotecnólogos, médicos en botánicos, y hasta ingenieros en historiadores o analistas políticos.
En el cambio de disciplina que a veces hace el profesionista, la sociedad no pierde; por el contrario, en ocasiones le es más favorable ese profesionista en su nueva especialidad que antes en su vieja profesión. En cambio, si un artesano deja de hacer lo que por siglos constituyó la base de la cultura de su región o país, su pérdida será para siempre, algo parecido a la extinción de una especie en la naturaleza.
VGA. Publicado originalmente en El Diario de Juárez alrededor del año 2002.
Variaciones de un mismo Tema o de la Docta Estulticia
Hazlitt escribió apenas un soplo sobre la ignorancia de los doctos en veinte páginas. Tabori resumió la historia de la estupidez humana en poco más de seiscientas páginas. Y en casi trescientas del libro de los esnob, Thackeray refirió la imbecilidad como el supremo objeto del deseo de los fantoches.
Las siguientes son frases e ideas tomadas de aquí y de allá. Quien crea que es autor de alguna de ellas no se lo discutiré.
Ariel Sharón, primer ministro de Israel, declaró que se arrepentía de no haber matado al palestino Yasser Arafat cuando pudo hacerlo en 1982, cuando las fuerzas israelitas desalojaron a la OLP del Líbano: “lástima que no maté a Arafat cuando pude hacerlo”.
Cada nuevo día el hombre rompe el record mundial de la estupidez que el día anterior estableciera como nueva marca.
Un legislador de derecha perteneciente al parlamento noruego, propuso como candidatos al Premio Nóbel de la Paz al presidente de los Estados Unidos George Bush y al primer ministro de Inglaterra Tony Blair: “por combatir el terrorismo para asegurar la paz mundial”.
El hombre se jacta de que es la única especie viva sobre la Tierra que razona. Lo que inútilmente trata de ocultar es que también es la única especie estúpida sobre la Tierra, sus actos lo delatan.
“La principal industria nacional de lácteos es la vaca”. Declaración oficial del Eduardo Pesqueira Olea, ex-secretario de la Secretaría de Agricultura y Ganadería, cuando aún había vacas en México.
Si la estupidez del hombre pesara, la Tierra ya se hubiera caído al vacío interestelar.
“La ciencia sin la política es pura poesía”. Alfonso Martínez Domínguez, ex-elevadorista, ex-regente de la Ciudad de México y ex-gobernador de Nuevo León. Autodidacta.
No es prudente intentar ser estúpidos, podemos equivocarnos, basta ser uno mismo para lograr ese propósito sin ningún esfuerzo.
“…es perfectamente compatible ser sacerdote y homosexual con una vida activa.” Cura español suspendido de sus funciones por el obispo de Huelva, España.
En la cara se le ve lo bruto compadre, por lo que ni aún con otra tarjeta de identidad logrará ocultarlo, acéptese como es y se acabó. El único que pudo obtener legalmente una segunda identificación oficial, en este caso para mantener el anonimato luchístico, fue Santo el Enmascarado de Plata.
“…ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario”. Declaración erróneamente atribuida a Luis Echeverría Álvarez, ex-presidente de México, aunque muy bien hubiera podido ser de su cosecha. El escritor Luis Spota la rescató para la historia como una frase original pronunciada por el ex-líder minero y ex gobernador de Chihuahua, Don Manuel Bernardo Aguirre. Autodidacta.
El anciano caminaba acompañado de alguien que, apenas si recordaba, llamaban Alzheimer. Juntos se quedaron varados en medio de la escalera. El uno le preguntó al otro si es que subían y a qué, o si estaban bajando y para qué. El uno se olvidó del otro en un vano esfuerzo de tirar cada cual en sentido opuesto.
¡Cuidado! Que no se enteren los de la Secretaría de Hacienda pues:
La estupidez es quizá la única cosa que el hombre produce a carretadas y que no causa impuestos. Además,
… los congresistas serían los más perjudicados, ya que no podrían pagar las tarifas tributarias ni aunque inteligentemente se triplicaran los sueldos a sí mismos.
¿Por qué será que siempre creemos que somos “simplemente más listos” que los demás?
Porque somos demasiado modestos para calcular “cuánto más”. Enseñanza del libro de los esnob.
¿Es el llamado progreso de la civilización humana una muestra de inteligencia o de imbecilidad? Más de ocho millones de especies de organismos conocidos y otros tantos que faltan por conocer, que juntos suman montones de veces más que la población humana, que ya rebasa los seis mil millones de habitantes, han sido incapaces de destruir todos juntos los ecosistemas y el clima de la Tierra, como el hombre si lo ha hecho en unos cuantos años.
La estupidez es el rasgo humano que primero se globalizó y el que conservará como distintivo el último hombre que exista sobre la Tierra.
Tomás de Aquino solía decir que la estulticia prolifera infinitamente entre los hombres y que, además de numerosa, es diversa. Se tomó el tiempo de estudiar y catalogar a los estultos caracterizándolos en la siguiente “Tipología de tontos”:
• asyneti
• cataplex
• credulus
• fatuus
• grossus
• hebes
• idiota
• imbeciliis
• inanis
• incrassatus
• inexpertus
• insensatus
• insipiens
• nescius
• rusticus
• stolidus
• stultus
• tardus
• turpis
• vacuus
• vecors
Entre las obras misericordiosas que en su haber tiene el hombre, según Tomás de Aquino, las más importantes son las llamadas “siete limosnas espirituales”. De esas siete, tres se refieren a la tolerancia de los estultos:
1. Soportar a los molestos (portare onerosos et graves).
2. Enseñar al que no sabe (docere ignorantem).
3. Dar un buen consejo a quien lo necesita (consulere dubitanti).
También cree en la existencia de dos remedios para la imbecilidad: uno terrenal, por obra del estudio disciplinado; y si este no funciona, aún queda el segundo, el milagroso, por la Gracia Divina.
La verdad es que ni volviendo a nacer –así sea mediante un clon de sí mismo–, el estulto escapará a su destino.
La diferencia genética entre el hombre y el chimpancé es menor al 1%.
No soy un pesimista de la naturaleza humana, soy un estúpido escéptico de la racionalidad pragmática del hombre.
VGA. Originalmente publicado en El Diario de Juárez en el año 2003.
La Dispepsia de Monsivais
(o porqué casi no hay intelectuales en provincia)
La intelectualidad mexicana -de las artes, las letras, las humanidades y las ciencias-, obedeciendo al magnético “hoyismo negro” del centralismo nacional, desde sus principios se ha concentrado en la ciudad de México.
El escritor, artista o científico mexicano que osa vivir en provincia, estará condenado de antemano a navegar perpetuamente por los círculos del infierno si acaso pretende reconocimiento a su labor; es decir, lo que no surge del centro no puede llegar al centro.
¿Y que acaso en provincia se necesitan intelectuales? ¿No es suficiente la constelación de Fuentes, Monsivais, Poniatowska y otros grandes pensadores que refulgen en el cielo mexicano? En todo caso ¿que son y para qué sirven los intelectuales?
Sobre lo que son los intelectuales no hay una sola definición. En su “Historia social de los intelectuales”, Victor Alba caracteriza como tales tanto a monjes lamas como a sindicalistas, a snobs cafeteros como a escritores bloqueados pero ganosos de vencer la hoja en blanco. En el otro extremo, Gabriel Zaid, en su artículo “Intelectuales”, publicado en Vuelta en 1990, elabora una larga lista de quiénes no son intelectuales, aunque crean serlo. Escuetamente enuncia que los intelectuales son aquellos “escritores, artistas (no estrellitas de la TV o el cine) y científicos que opinan en cosas de interés público con autoridad moral entre las élites”. Entonces, por “zaídica” inferencia, quienes no sean reconocidos por las élites no serán intelectuales.
Daniel Bell, un poco menos clasista, sólo dice que los intelectuales son “aquellas personas que dan forma a palabras e ideas, y las transmiten”, que ocupan posiciones en la sociedad, tienen un trabajo de planta en las universidades y llenan la élite media -no de nivel medio, sino la de los medios de comunicación-. Por “bellica” inferencia, no es intelectual quien no sea universitario ni publique.
Y así, se podrían llenar páginas y más páginas de definiciones sobre lo que supuestamente es y no es el intelectual, sin encontrar dos que concuerden completamente entre sí. No obstante, la característica más importante del intelectual, en la que la mayoría de los definidores coinciden, es la de que éste usa como medio de expresión la escritura; en tanto que la intervención oral está casi proscrita de su repertorio -a menos de que sea escrita y después leída-. En consecuencia, la mayoría de los políticos quedan al margen de la intelectualidad, porque sus discursos están hechos de viento.
Umberto Eco, intelectual italiano mejor conocido por su novela “El nombre de la rosa”, afirmó en una ocasión, en su columna La bustina de Minerva publicada en El Expresso de Milán, que los intelectuales sólo sirven para dos cosas: para llamar a los bomberos en caso de incendio, imagino que porque se trata de una medida sensata y de sobrevivencia, o para escribir manuales de civismo para los nietos de los alcaldes municipales, “con el objeto de que no crezcan con la mentalidad de sus abuelos”, ya que esos señores son impermeables a toda forma de educación cívica.
La opinión de Eco levantó ámpula y Antonio Tabucchi, otro italiano, salió en defensa de los intelectuales -o de sí mismo-. Para llegar a su propia verdad sobre la intelectualidad, Tabucchi trastocó la opinión de una opinión, como dijo que por regla debía hacerse. Acepta que la tarea del intelectual no es la de llamar a la revolución, pero tampoco la de marcar el número telefónico de los bomberos.
En México, los intelectuales –en un tácito y nacional entendido, pues por generaciones así nos los han presentado los medios de comunicación- son voces autorizadas y críticas, a veces especializadas, que ayudan al común de la gente a entender o a reflexionar sobre la realidad -nacional e internacional- concerniente a la verdad oficial (sea gubernamental, gremial, académica o religiosa); que no imponen su pensamiento por la vía del autoritarismo armado (patria o muerte), ni por terrorismo político (si no votas por mí México se derrumbará), menos por dogmatismo religioso (amenazas de excomunión y expulsión del paraíso), ajenos al poderío económico (la moneda se mantendrá firme), o a la disuasión administrativa (si no estás conmigo estás contra mí); pero eso sí, son individuos que han determinado que el único lugar del país donde se puede incubar y desarrollar su estirparia cepa es la capital, el Distrito Federal.
En cierta ocasión, un escritor mexicano de reconocimiento internacional me dijo que otro escritor, también de cierto relieve internacional, divide los cursos de literatura mexicana que anualmente imparte en una universidad de Estados Unidos de la siguiente manera: literatura mexicana y literatura de provincia. Esto resume la visión que los intelectuales mexicanos tienen sobre los pensadores que optaron por quedarse a vivir en Juárez o San Cristóbal de las Casas, Monterrey o Guadalajara. En igual forma, las oportunidades para desarrollarse o hacer público su trabajo intelectual son infinitamente diferentes para el que reside en la ciudad de México o el que vive en Cuauhtitlán (todo el territorio provincial que no es la ciudad de México, casi 2 millones de kilómetros cuadrados), para menoscabo de nosotros los cuauhtitlecos o chichimecas del norte.
¿Y qué haría un intelectual en la hermosa, frondosa y “naive” provincia mexicana? Quizá con su experiencia, como Tabucchi replica a Eco en “La gastritis de Platón”, pueda considerar inútil reeducar al alcalde de su ciudad pero, en caso de que desapruebe su conducta pública, podrá “manifestar su opinión para inducir a los electores a no volver a votarle”.
Y no sólo eso, la participación de los pensadores locales en el conocimiento y análisis de los problemas de sus regiones, que por norma son desconocidos y les importa un carajo a los capitalinos, es trascendental para airear los corredores de las instancias públicas, para identificar los vaivenes privados que atañen a la comunidad local, y para valorar la poca o inexistente participación de los centros de educación estatales en el desarrollo científico, tecnológico y cultural de su área de influencia.
Eco aseguró que en el intelectual abunda la insuficiencia pragmática. En todo caso, el intelectual, como Monsivais, difícilmente se aplicará a la práctica de buscar en la farmacia una brillantina o fijador que meta orden y aplaque su caótica cabellera, mucho menos tomará el teléfono para llamar al médico y pedirle que le recete una cura para la dispepsia que le dispensa el ya clásico eructo –muy de suyo- con el que, como cronómetro, marca el compás de sus interlocuciones. Pero lo que si, en definitiva, es que su pensamiento y su palabra han hecho más por México que si se hubiera dedicado cuarenta años a buscar la cura de su notorio malestar estomacal.
Pero, viéndolo bien, probablemente por eso no existen muchos intelectuales en la provincia de México, a lo mejor andan a la búsqueda de una cura para sus propios males.
VGA. Originalmente publicado en El Diario de Juárez alrededor del año 2000.