TESIS
Hace más de veinticinco años escribí mi tesis profesional. En aquel momento estaba viviendo en la ciudad de Tapachula, Chiapas, alejado de Monterrey, donde estudié. Como entonces trabajaba en un centro de investigación, rodeado por científicos internacionales que de continuo estaban generando resultados de sus proyectos y constantemente tenían que elaborar reportes técnicos, conferencias, artículos científicos y hasta libros, por la influencia de esta gente fue para mí de lo más natural cumplir con el requisito que mi universidad pedía para que me graduara.
Pero esta experiencia, que en lo personal fue más cuestión de trámite que problema, para miles de jóvenes mexicanos ha sido, por decenas de años, un factor insuperable para la obtención del título universitario. Y es que las universidades públicas de México, como norma y por largo tiempo, han exigido a los estudiantes que culminan sus estudios profesionales la realización de una investigación en su disciplina y la presentación, por escrito, de sus resultados. En el lenguaje universitario se le conoce a todo este proceso, simple y llanamente, hacer la tesis.
Quienes introdujeron el requisito de la tesis en todas las universidades públicas del país, sin duda lo hicieron con la mejor de las intenciones y no para crearles dificultades a los estudiantes. Han de haber pensado que si después de haber sometido a los alumnos a una fuerte carga académica de teoría y prácticas de laboratorio y campo, y si sus maestros les guiaban en la realización de una investigación, que como remate tendría que ser presentada verbalmente en un foro especializado para la defensa de dicho estudio, se producirían profesionistas altamente capacitados para el manejo de problemas en biología, ingeniería, agronomía, economía, filosofía o cualquier otro campo del conocimiento.
Pero la realidad no sucedió tal cual. La tesis se convirtió en una infranqueable barrera que, por lo menos durante los últimos 50 años, imposibilitó la titulación de un incalculable número de egresados. De tal manera, México comenzó a llenarse de profesionales universitarios sin título, mejor conocidos como: pasantes.
La pasantía no era un obstáculo para conseguir empleo. A principio de la década de los 80 del pasado siglo, yo mismo y muchos de mis compañeros comenzamos a trabajar como profesionales en instituciones públicas y privadas, sin el mayor problema, cuando aún éramos pasantes. No nos exigieron el título, ni la cédula para el ejercicio profesional, pero sí, por increíble que parezca, la cartilla de servicio militar, que era un documento imprescindible para firmar un contrato laboral. Tampoco la administración de las universidades de entonces nos impusieron plazo alguno para titularnos, que lo mismo podría suceder al concluir los estudios o veinte años después. Simplemente terminábamos el aprendizaje de nuestras carreras y ya éramos profesionales. Y si estaban así de fáciles las cosas, ¿para qué mortificarse entonces por la obtención del título? Algún día volveríamos por el título… o tal vez nunca.
Hasta donde sé, todavía existen ex-compañeros universitarios aún que conservan su calidad de pasantía, algunos de los cuales trabajan para instituciones gubernamentales, en algunas escuelas de nivel medio profesional o en empresas privadas. Sin duda su experiencia es vasta, pero lamentablemente no hubo forma de hacer que cumplieran con el requisito de la tesis para que les extendieran su título universitario.
Para quienes tuvieron la mejor intención de graduarse y no lo consiguieron, la cosa de la tesis se les convirtió en un tabú, en un verdadero trauma colectivo y generacional que aún hoy sigue afectando a miles de antiguos egresados.
A mi me queda claro que el problema no eran los estudiantes, sino el sistema de titulación con tesis que fue insertado con carácter de obligatorio en las universidades públicas; es decir, que fue puesto en marcha sin que antes se hubiera preparado el terreno, o sea, se elaboraran materiales y se preparara a los maestros universitarios para que supieran cómo hacer frente a esa nueva situación. Había algunos cuantos catedráticos que entendieron la intención de la iniciativa y supieron como responder a ella; unos más aprendieron a base de tropiezos y caídas; pero otros, la inmensa mayoría, no tuvo la menor idea de su significado ni de su importancia.
Así las cosas, ya no digo los estudiantes, sino que ni los propios catedráticos estaban entonces del todo capacitados para plantear un proyecto y hacer una investigación, por pequeña que esta fuera, ni mucho menos para registrar por escrito y publicar los resultados obtenidos, que es lo que por regla se debe de hacer. Luego, cuando tenían que dirigir las investigaciones de los estudiantes que se supone iban a asesorar, se les dificultaba encontrarle la cuadratura a lo que por redondo no alcanzaban a ver. Pero además, cosa que tampoco se tomó entonces en cuenta, es que si el gusto de algunos maestros era exclusivamente la enseñanza –pues a muy pocos les ha interesado o les llama la atención la investigación–, poca motivación tendrían para emprender estudios y estar en permanente búsqueda de información para actualizarse como investigadores.
En tal razón, el biólogo Efraím Hernández X., presidente de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, afirmaba en 1960: “no tenemos profesionales preparados para surtir de maestros nuestras escuelas máximas de enseñanza (universidades), ni para ocupar los puestos disponibles en las instituciones de investigación.” Por esto, en las escuelas de educación superior se vieron obligados a dar nombramientos de catedráticos a gente carente de instrucción formal: “ante esta situación, agregó Hernández X, hemos improvisado –tenemos personas que dicen ser botánicos por el hecho de trabajar con plantas–…”
Este fenómeno de incumplimiento con el requisito de titulación se generalizó en todas y cada una de las carreras de las universidades autónomas del país que exigían la tesis, y, a medida que se abrieron nuevas instituciones públicas, el problema se repitió y agudizó. El dato exacto sobre la cantidad de egresados universitarios que no se titularon en los últimos 50 años se desconoce, pero en porcentajes se estima que oscila alrededor del 80% de los que terminaron sus planes de estudios.
El valor de la tesis es indiscutible. Su planteamiento y desarrollo permite al estudiante vislumbrar los principios de la investigación y hacer de él un profesional con perspectiva sobre la búsqueda y generación del conocimiento. Sin embargo, como en más de medio siglo de aplicación este sistema no enraizó en la cultura universitaria del país, en la actualidad ha desaparecido en la mayoría de los planes de estudio. Cada vez serán vez menos los jóvenes que, motivados por sus investigaciones de tesis a nivel licenciatura, desde temprana edad se interesen por la investigación científica, y mayor el problema de la gerontocrática comunidad científica mexicana, que en buena medida está constituida por personas mayores de 55 años, de renovarse con sangre nueva. Lamentablemente, el problema de la tesis se repite con la misma intensidad en los estudios posgraduados de maestría y doctorado.
Para salvar la no titulación por tesis de los egresados de las universidades públicas, el sistema cambió drásticamente en la última década facilitando la obtención del título mediante la elaboración de trabajos de investigación en equipo, reportes de estancias industriales, hasta el cursar media carrera de maestría, entre otras alternativas. Al fin y al cabo las universidades privadas, que no han adolecido del rezago que genera la titulación obligatoria con tesis, al igual que las universidades americanas les entregan el título al concluir el último curso de la carrera.
VGA. Febrero 19, 2010.
Revisado y actualizado.
Juárez, Chihuahua. México.
La Historia de las Cuencas Oceánicas de Hess, un Texto Científico Cargado de Poesía
Harry H. Hess (1906-1969), profesor de Princeton, escribió en 1960 un texto llamado The history of ocean basins, que sería publicado como reporte en 1962. En uno de los párrafos de la introducción se lee:
“El nacimiento de los océanos es asunto de conjetura, la historia subsecuente es obscura, y la presente estructura está apenas comenzando a ser entendida”.
Luego, porque explicaba la idea de la deriva continental a partir de la formación de un nuevo suelo en el fondo de las cordilleras oceánicas, advirtió a sus lectores lo que él estaba presentando:
“Yo debo considerar a este artículo como un ensayo de geopoesía… que bordea la fantasía”
Es decir, una conjetura sobre la formación, evolución y desplazamiento del suelo oceánico. Hess especulaba que los riscos del fondo marino, debido al levantamiento de la tierra y a la convección de las corrientes marinas, eran hendiduras que literalmente se abrían desplazando a las inmensas montañas submarinas, produciendo el fenómeno que denominó deriva continental.
Para tratar de entender el complejo y casi incomprensible fenómeno, Hess apeló a la cuantiosa información existente entonces, con la que sin duda se divirtió especulando sobre lo que pudo haber ocurrido en millones de años. Esto se aprecia así porque, en uno de los párrafos del reporte, escribió:
“la especulación se dispersa en ilimitadas variaciones, y la resultante geopoesía no tiene ritmo ni razón”
Reflexiona como un filósofo, planteando hipótesis, pero el hilo conductor de sus conjeturas se agarra con las uñas de los datos de otros, de algunos pocos hechos, y de las múltiples ideas sin piso que sólo valen en el contexto científico debido a que metodológicamente están justificadas. Pero igual piensa como marino, que por años navegó en aguas calmas y en mar picado, que probó el radar recién inventado viendo más las sombras del fondo del mar que las naves enemigas de los japoneses. Tuvo tiempo para ser navegante, científico, pensador, profesor universitario y, como lo muestra su escrito sobre las cuencas oceánicas, más poeta que geólogo.
Al final de esa magnífica pieza científica poética, Hess escribió:
“En este capítulo el escritor ha intentado inventar una evolución de las cuencas oceánicas. Es casi imposible que todas las presunciones hechas sean correctas. Sin embargo, parecen ser un marco útil para probar varios y diversos grupos de hipótesis relacionadas con los océanos. Se espera que el marco teórico, con los parches y reparaciones necesarias, puedan eventualmente formar la base de una nueva y más resonante estructura”.
Este trabajo, que podría caracterizarse como un artículo de revisión o paper review, fue publicado originalmente en el Petrologic studies: a volume in honor of A. F. Buddington. A. E. J. Engel, Harold L. James, and B. F. Leonard, editors. [New York?]: Geological Society of America, 1962. pp. 599-620.
Como puede advertirse, un paper review no es meramente una compilación documental, como muchos investigadores mexicanos creen, y que por lo tanto desdeñan y evalúan negativamente; consiste en un trabajo muy fino de lectura crítica de trabajos científicos de otros autores, que le permiten al investigador lector apelar a su experiencia y capacidad reflexiva para remontar esas ideas y proponer algo nuevo y diferente. Como alguna vez dijo el Premio Nóbel y químico teórico Roald Hoffman, palabras más palabras menos, “los científicos trabajan para mí, yo recojo la pedacería que generan en sus laboratorios y publican, la analizo y trasciendo, y los modelos que genero y publico ellos los prueban por mi en sus laboratorios”. Además, como también mencionó en otra ocasión Paul Feyerabend, “la ciencia es un cuento de hadas para adultos”. ¿O a poco creen que los documentales de las caricaturas digitales de dinosaurios reflejan la pura realidad? La misma historia tiene diferentes versiones según quien la cuente.
VGA. Febrero 11, 2010
Desde la trinchera en Ciudad Juárez, México.
El Escritor Fantasma
La escritura es quizá una de las cosas más apasionantes e intensas que cualquier persona pueda experimentar en su vida, tomado esto desde un punto de vista intelectual. Para Karl Popper, aprender a escribir, primero, y después saber comunicar por escrito sus ideas, junto aprender a leer y saber leer, fue el mayor logro de su desarrollo intelectual.
Pero no todos piensan lo mismo, casi nadie lo hace. Para la mayoría de las personas, la escritura no deja de ser un acto mecánico que sirve para poner palabras sobre papel o, como ahora se acostumbra, en la brillante pantalla de la computadora o el teléfono celular, ya sea para recordar un asunto o mandar una nota. La brevedad de lo que a la carrera se apunta, con palabras o frases compuestas para hacerlas cortas, difícilmente podría catalogarse como escritura; son garabatos con un significado encriptado descifrable sólo por pocos. Tan así es la cosa que hay profesionistas universitarios que, al pedírseles que escriban en ese momento su curriculum vitae, refieren sus vidas en menos palabras que las que contiene este párrafo.
Esto ha hecho que cuando se ven en apuros, ya sea porque tienen que escribir una tesis, una conferencia o un artículo de opinión, busquen apoyo para salir de ese paso. Es entonces cuando se acercan a alguien que los puede sacar de apuros, a uno que al menos puede escribir mejor que ellos. A esas personas que escriben por otras se les denomina en inglés ghostwriters, que literalmente quiere decir escritores fantasma, en español se les llama, un tanto despectivamente, negros literarios o simplemente negros. No lo hacen gratuitamente, el trabajo se vende; de hecho, hay muchos que viven a expensas de la agrafía de sus clientes.
Pero también se hace trabajo de ghostwriting cuando, por ejemplo, una empresa contrata a una agencia para que le elabore manuales de operación, hojas técnicas de productos, guías y otros artículos necesarios para su mejor funcionamiento, o un político se rodea de escritores de discursos. En estos casos, las ideas que hay que destacar en los textos técnicos o en los discursos se les dice a los ghostwriters, luego ellos ponen a trabajar lo mejor de su oficio para producir documentos para quienes los contrataron.
Los ricos y famosos también contratan ghostwriters para que escriban sus autobiografías. Es harto difícil, sino es que imposible, encontrar a un famoso o un súper ocupado político que se haya tomado el tiempo del mundo para sentarse a recordar y escribir, de una forma literaria y con estilo agradable, su vida, y dejar de lado el glamoroso ajetreo de estrella de la música, del cine, del deporte o de la política.
Pongamos por caso la autobiografía del grupo de rock Aerosmith. ¿Se imaginan a Tyler o Perry colgando las guitarras para entonar una balada silenciosa de al menos 200 mil palabras que cuenten sus avatares en un libro de más de 400 páginas? ¿O al ex boxeador Mohammed Alí, con su mal de Parkinson a cuestas, empuñando una pluma para dejar memoria de sus hazañas en 200 y pico de páginas? ¿O al beisbolista Sammy Sosa, bateando jonrones de millones de dólares a la par que displicentemente cuenta su vida? ¿O al político Tony Blair, personaje tomado como referencia para The Ghost, de Robert Harris, excelente novela llevada a la pantalla por Román Polanski, escribiendo New Britain: My Vision Of A Young Country?
Muchos autores, famosos ahora, fueron en un tiempo fantasmas de tiempo parcial o tiempo completo, dependiendo de sus necesidades. Entre ellos se encuentra Sinclair Lewis, que escribió cuentos para Jack London, o Paul de Kruif, que colaboró cercanamente con Sinclair Lewis en la escritura de Arrowsmith. En algún tiempo, Tito Monterroso, José Emilio Pacheco y Carlos Monsivais, entre otros, colaboraron en varias revistas médicas mexicanas, como El Médico o Médico Moderno, y en Comunidad CONACYT, del consejo de ciencia de México. No sé si fueron ghosts o no, pero JEP y Monsivais aparecían en el directorio editorial de las revistas médicas y estas contenían muy buenos artículos culturales anónimos.
En versión diminuta, creo que algunos de los que en cierta manera medio nos defendemos en materia de escritura, al menos una vez hicimos trabajo de ghostwriter… obligados por las circunstancias. Yo lo hice incontables veces en un organismo internacional de Naciones Unidas donde laboré por varios años en la década de los 90s. Se me encargaban reportes, análisis, discursos, y hasta artículos científicos, en ninguno de los cuales apareció mi nombre. Se me decía que el trabajo era institucional y no personal, pero el jefe sí que le ponía su nombre. Una vez, ya para retirarse, también obligado por las circunstancias y aprovechando las semanas que aún le quedaban con vida por ahí, uno de tantos jefes que actuaba de igual forma que lo otros, nos puso a todos los profesionales a redactar un libro. Como director de orquesta él dizque lo dirigió, y nosotros escribimos los capítulos que ideamos por propia cuenta. El libro se publicó en Estados Unidos, pero esa persona ni siquiera nos agradeció el trabajo. La última vez que supe de su existencia se encontraba trabajando como profesor en una universidad americana. Si alguna vez concursó por el tenure, la inercia del publish or perish lo ha de haber empujado a conseguirse un ghost.
Viendo el lado positivo de esta experiencia, hubo un momento en que me percaté que si los textos escritos por mi podían llegar sin problema al mismo escritorio del director general de esa oficina internacional para las Américas, o al director de la US Environmental Protection Agency, o al subsecretario de ecología de México, entre otros grandes cartuchones, me podía dar por bien servido, no importaba que no supieran quien hizo el documento que tenían ante sí. Pero probablemente nunca leyeron ninguno de mis textos, han de haber estado tan ocupados que todo el trabajo de lectura y análisis lo dejaron a cargo de sus ghostreaders.
VGA. Febrero 2, 2010.
Ciudad Juárez, Chihuahua. México.
Frontera México – Estados Unidos.
El Funcionario Hechizo y las Vacas Locas
Una de las costumbres más extendidas entre los mexicanos es la de creer que el puesto público hace al experto. Una persona que ayer era un ciudadano común, ni más ni menos que cualquier otro, y que por azares del destino es primo o amigo de alguien que recién ascendió en la escala política, hoy resultó premiado con una jefatura, una delegación o una dirección pública de cualquier cosa. Sin saber ni jota de lo que se trata eso que acaba de adquirir, la mera ostentación del cargo le convierte en el próximo sabelotodo del asunto. El problema es lo que hará o dejará de hacer mañana.
Del anonimato civil salta al estrellato popular. Los medios acosan al nuevo ungido, tocayos de apellido lo identifican en su árbol genealógico como pariente tercero, los del barrio lo nombran vecino del año, colegas y ex-compañeros se cooperan para sacar un desplegado de reconocimiento y apoyo. El nuevo servidor público, cuya voz vibraba y los gestos le temblaban durante las entrevistas, madura por la fuerza y con rapidez en las siguientes semanas.
Pronto aprende a lucir su mejor ángulo para la cámara mirando oblícuamente, estiliza el corte de pelo y le pone mousse para aplacarlo, su andar se hace más ligero ahora que se quitó las botas mineras y cambió la pesada mezclilla por lino francés. El portafolio de vinyl fue sustituído por un maletín tipo Oxford y la libreta estenográfica por un organizador electrónico.
Las poses y maneras se van imponiendo a los auditorios, a los entrevistadores, a los subalternos. Sus declaraciones, porque él lo dice y porque tiene la autoridad para hacerlo, son lo único que cuenta. No valen reclamos de la gente, argumentos de grupos colegiados o de investigadores. Se equivocan. Él, el funcionario, tiene la verdad.
Pero si usted lee la realidad cotidiana, esta nos dice otra cosa. Como en esos años tormentosos en los que apenas se anunciaba que no iba a haber devaluación y la gente sabía que tenía que salir corriendo a las casas de cambio para tornar en dolares los escasos pesos que tenía, pues al cabo de unas horas esos pesos valdrían aún menos.
Recuerdo una reunión binacional de salud México – Estados Unidos, en junio de 1991 en la ciudad de El Paso, Texas, donde el entonces secretario mexicano de salud aseguraba, en medio de su conferencia, que a México no llegaría la epidemia de cólera. No había terminado de bajar del estrado, después de concluída su ponencia, cuando apresurado le salió al encuentro uno de los miembros de su gabinete. Pronto nos enteramos que le informó la última nueva, paradógicamente recibida en el vecino país y en el momento en que hacía su declaración: se acababa de detectar un foco infeccioso de cólera en el estado de México.
El cólera, cuyo brote había comenzado en Perú el pasado mes de enero de ese año y se dispersaba por Sudamérica, evadió las barreras sanitarias que planeó el servicio sanitario mexicano, por las cuales el secretario se sentía seguro de que la bacteria no cruzaría al norte aunque azotara Centroamérica. Lo cierto es que llegó primero a México que a algunos países centroamericanos. Arribó por la vía menos esperada: por aire y en un vuelo ilegal procedente de Colombia, que aterrizó en la sierra para repostar combustible. Según las indagaciones de los epidemiólogos, uno de los tripulantes aprovechó la escala para hacer sus necesidades, y con esto contaminó el arroyo de un pueblo encaramado en la sierra y la historia comenzó. A casi diez años de eso, el cólera sigue en el país.
Pues bien, hoy nos encontramos en una situación singularmente parecida a la del cólera pero con un factor de riesgo añadido: el novatismo de muchos servidores públicos. Cada vez se advierten más señales de que la enfermedad de las “vacas locas” esta lista para saltar desde Europa al resto del mundo. Sin embargo, algunos funcionarios de salud animal afirman, desenfadadamente y con esa autoridad recién estrenada, que no hay de que preocuparse, que no existe peligro alguno. Habrá que ver que medidas están tomando para evitar que esto suceda, y si están a la búsqueda de otras posibles rutas de acceso para salvaguardarlas. Sin alarmar y cuidando del sector pecuario, que sería el más afectado, debe de informarsele poco a poco a la gente de lo que es ese mal, en que lugares existe y como se le enfrenta.
En la improvisación del servicio público, muchos nuevos funcionarios suplen su falta de preparación con declaraciones autoritaristas que no admiten réplica. Desconocen las razones por las cuales existe el puesto que ocupan y no saben lo que deben de hacer porque, como afirmaba Giovanni Papini: no tienen bases para juzgar lo que no entienden.
VGA. Publicado en el año 2000 en El Diario de Juárez.