Gran Academia de Lagado aconseja cómo solucionar problemas de contaminación

GULLIVER EN LA CAPITAL DE LA CONTAMINACION

En 1726, el escritor Jonathan Swift publicó sus Viajes de Gulliver, obra considerada por muchos como de aventuras, pero para los menos esta era una sátira social disfrazada. A través de sus diversos pasajes Swift lució y criticó a la sociedad inglesa contemporánea, y exaltó la libertad que le faltaba a su país: Irlanda.

En aquella época, la cuestión científica sólo era entendedera de unos pocos individuos que, en gran medida, pertenecían a las clases nobiliarias.  La ciencia era producto de 2 cosas: de una afición intelectual para aquellos que podían darse el lujo de disponer de su tiempo discutiendo de cosas más allá de la banalidad de la circunstancia cotidiana, y de dinero para invertirlo en proyectos de invención que les representaba poco menos que juguetes. Aun no existía la ciencia sistematizada y organizada tal y como ahora la conocemos.

Sin embargo, la irracionalidad con que los intelectuales de aquel entonces problematizaban sus proyectos para buscarles soluciones llamaron la atención de Swift, por lo alejado que estas propuestas se encontraban de la realidad.  Es decir, las más de las veces se proponían problemas que rayaban en el absurdo, eludiendo, de esta forma, la realidad social que reclamaba su atención.  Estas impresiones las recogió en su libro “Viajes de Gulliver” cuando este personaje hizo una visita al sitio que ocupaba la Gran Academia de Lagado en Liliput.

Uno de los inventores de la Academia, como les llamaba Gulliver, había estado 8 años estudiando un proyecto consistente en extraer rayos de sol de los pepinos, “los que pondría en ampolletas herméticamente cerradas para dejarlos escapar a fin de calentar el aire cuando el verano fuera anormal”; otro más “había encontrado la manera de arar la tierra con cerdos para evitarse el gasto de arado, animales y trabajo”; y otro “trabajaba para calcinar hielo y transformarlo en pólvora”, o el de más allá se afanaba buscando la forma de condensar el aire para transformarlo en materia sólida.  Pero en la Gran Academia de Lagado también había otra sección, ésta dedicada exclusivamente a las “ciencias especulativas”, donde uno de sus tantos profesores trabajaba en un aparato destinado a mejorar el conocimiento especulativo mediante un sencillo procedimiento que consistía en que, al maniobrarlo, los trozos de madera con letras que lo formaban producirían permutacionalmente palabras y frases con las que llenarían miles de volúmenes que se convertirían en tratados de filosofía, religión o historia.

Después de casi 270 años de publicadas las sátiras de Swift y del encumbramiento de la cuestión científica en la sociedad global del siglo XX, el absurdo, como elemento constituyente del pensamiento y desarrollo científico, aun persiste.  Tal es el caso de las propuestas que, para el control de la elevadísima contaminación atmosférica del valle donde se encuentra la Ciudad de México hizo, a principios de los 90’s, un ingeniero mexicano de reconocida trayectoria técnica… y política.  Textualmente anunció:

1.         “Propuse construir tres túneles ecológicos perforando las montañas del sur de la cuenca cerrada del Valle de México para comunicar a la capital con los valles de Toluca, de Cuernavaca y de Cuautla, con trenes eléctricos y carreteras, para ventilar la ciudad aprovechando los vientos dominantes del noreste suroeste que ahora acumulan la contaminación en el suroeste de la capital al chocar con las montañas que lo cierran por ese rumbo, y para aprovechar el agua que se encuentra en esas sierras, que son verdaderos yacimientos de agua purísima y que escurrirían hacia el túnel por el efecto de galería filtrante”.

2.         “La propuesta, que ha sido escuchada por la comunidad científica, ha sido la que durante la campaña propuse al último, los ventiladores ecológicos que se construirían con base en los principios que rigen la formación de torbellinos, remolinos, tornados y huracanes: una columna de aire caliente sumada a un movimiento de aire rotando alrededor de ella”.

Es evidente que la intención es positiva pero no toma en cuenta, en el supuesto de que sus ideas llegaran a realizarse y alcanzar el éxito, la reacción de los ecosistemas adyacentes, sobre los que muy probablemente sería negativa.  El problema real está en que la Cd. de México ha rebasado sus límites megalopólicos y que, una de las medidas más razonables, antes que pensar en exportar residuos contaminantes en suspensión atmosférica, por vía acuática además de la aérea, está en la movilización de algún porcentaje de sus habitantes.  ¿Cómo se haría?  Este sería un problema para las autoridades y demás sectores, pero cabría mencionar que quizá se tendría que empezar por la propia estructura gubernamental.

Lo preocupante de la segunda propuesta del ingeniero es que el pequeño modelo de ventilación, el cual fue hecho con trozos de cartón y una estufa de gas y que fue su “prototipo” de simulación física, no tomó en cuenta al sociosistema urbano ni a las áreas naturales; pero lo más preocupante era que esa propuesta se había convertido en el leitmotiv de las autoridades gubernamentales y académicas del Distrito Federal y que, por consecuencia, otras propuestas similares podrían pasar a ocupar la atención de esta gran ciudad.  Pero aun así, la validación que una parte de la comunidad científica emita sobre la supuesta utilidad de algún proyecto como el de los ventiladores, no es suficiente razón para establecer a priori su éxito.

Ciertamente que el invento de la ciencia y la tecnología le han dado al hombre un increíble dominio sobre la naturaleza, pero estas no son infalibles ni todo lo que pretendamos hacer en su nombre deberá ser por fuerza útil e inocuo.

Tal y como está la situación hoy día, el problema de la contaminación de la Ciudad de México pareciera que se trata de un problema terminal, el cual ni con túneles ni con ventiladores podrá ser controlado.  Para que esa perspectiva cambie se necesitan propuestas más acordes a la realidad, factibles en su implementación, favorecidas por el gobierno y con algún mecanismo que le permita continuidad a través de las diferentes administraciones venideras.

Colofón

“Sepultan a sus muertos con la cabeza hacia abajo, porque tienen la creencia de que en 11,000 lunas más, período en el cual la tierra, que ellos juzgan plana, se volcará al revés, todos resucitarán quedando entonces en posición normal”.

Jonathan Swift.

VGA. Publicado ca. 1994.

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