De las Notas de Trabajo al Libro
Taller de escritura académica orientado al desarrollo de estrategias personales, de equipo o colectivas, para la escritura de libros en el ámbito universitario.
Próximo taller:
Julio del 2010
Lugar:
ITSON Instituto Tecnológico de Sonora
Ciudad Obregón, Sonora
Organiza:
Maestra Guadalupe Esparza
Jefatura
Departamento de Ciencias Administrativas
E-mail: iesparza@itson.mx
Instructor:
VGA
Programa:
http://www2.uacj.mx/IIT/CULCYT/enero-abril2010/12%20Curso%20ITSON.pdf
México, Crisis y Universidad
Las crisis sociales, políticas, económicas, y religiosas, entre tantas otras, son denominador común en la vida cotidiana del mexicano de los últimos tiempos. Desde los años 60´s y principios de los 70´s, por no ir más atrás, donde el descontento social de estudiantes e intelectuales llevó a muchos de ellos al desacato del orden, primero, y la resistencia en la clandestinidad, después; la devaluación del peso, una caída en espiral que en su tipo de cambio con el dólar precipitó el valor de la moneda de $12.50 a más de $3,500.00 por uno, comenzando el desplome en 1976 para tomar un respiro a principios en la década de los 90´s cuando el peso se revaluó; la década perdida de los 80´s, cuando no hubo crecimiento económico y lo único que aumentó fue la población y sus necesidades; el levantamiento zapatista de 1994; la crisis económica de diciembre de 1995; la desnacionalización del mercado a causa del Tratado de Libre Comercio y la inundación de productos extranjeros de pésima calidad; la pérdida constante del poder adquisitivo de la moneda; son sólo algunas de las incontables crisis que como mexicanos hemos tenido que sortear y salir adelante a como dé lugar. Pero la crisis de inseguridad, violencia y falta de valores que ahora enfrentamos, poderosa por la capacidad económica y organizativa que la sustenta, y por las decenas de miles de individuos con escasa o nula educación que constituyen sus ejércitos, es quizá el mayor reto que enfrenta la nación desde sus orígenes. No se trata esta crisis de una lucha ideológica ni religiosa, sino de una agresiva respuesta debida a que los intereses del crimen organizado están siendo afectados por la estrategia gubernamental que busca someterlos. En este contexto, la educación es quizás el más importante instrumento para darle una salida a la crisis en un mediano o largo plazo, para lo cual hay que prepararse con idea y decisión. Por lo anterior, creo que la universidad mexicana, pública y privada, que hoy día cuenta con más de un cuarto de millón de profesores, es un bastión de resistencia que debe ser tomado en cuenta para cambiar el rumbo de los actuales eventos. Tanta gente preparada profesionalmente y con experiencia de todo tipo, puede y debe participar en un mega proyecto nacional que coadyuve con los esfuerzos que los estados y la federación realizan para sacar al país adelante.
Culcyt. Carta Editorial. VGA.
2010. Año 7, Nº 36/37
El rector de la UNAM, el Dr. José Narro Robles, estuvo esta semana en Ciudad Juárez. Firmó algunos convenios con instituciones de educación superior locales, y brindó una plática denominada “Perspectivas de la educación superior en México”.
Algunas de las cosas que el Dr. Narro mencionó, son las siguientes:
México es una de las primeras 15 economías del mundo.
En un comparativo con 133 países, México ocupa:
Posición 33 en competitividad global.
Posición 53 en materia de desarrollo humano
Posición 60 en generación de patentes
Posición 65 en investigación científica
Posición 78 en gestión privada
Posición 80 en innovación
Posición 93 en adquisición de productos de alta tecnología
Posición 94 en disponibilidad de científicos e ingenieros.
Además:
Uno de cada dos mexicanos viven en condiciones de pobreza
Uno de cada cinco en situación de pobreza extrema.
Oportunidades para los jóvenes:
Menos del 30 por ciento de los jóvenes mexicanos ingresan a la universidad.
En América Latina, el 34 por ciento de los jóvenes pueden cursar una carrera.
En otros países dan oportunidad de cobertura profesional al 89 por ciento de sus habitantes.
Fuente:
Guadalupe Félix
El Diario. Sec. Local
17-06-2010
La Clonación del más Apto
Los clones están resultando un fiasco. Por alguna razón que los científicos no tardarán en descubrir, o en inventar, los clones de ovejas, vacas, cerdos, gatos, monos, ranas y otros animales que han utilizado para este propósito, no están naciendo como se esperaba: tan puros como el original seleccionado. La diabetes, la artritis o mal funcionamiento cardíaco son sólo algunos de los males que tempranamente les están afectando.
A la corta o a la larga emergen en ellos diferentes defectos que no existían en el original, o que, cuando menos, no se habían expresado físicamente, pues al parecer los tienen escondidos en los genes. La clonación es una prueba más de que las “ecuaciones biológicas” o los modelos teóricos de la biotecnología no son tan exactos como las ecuaciones matemáticas.
En la naturaleza existen numerosas especies cuya reproducción es una perpetua clonación de sí mismas. De tiempo en tiempo se cruzan sexualmente para intercambiar genes, evitando así la degeneración de la estirpe, y reafirmar la capacidad autorreproductiva de las siguientes generaciones.
Pero estos diseños clónicos, si se les puede decir así, son producto de incontables ensayos ocurridos en la naturaleza a lo largo de cientos de millones de años, y en los que sucede una selección natural de los individuos; no son resultado del capricho de mentes inquisitivas que juegan a Dios con técnicas científicas que tienen menos de cincuenta años de antigüedad, en donde la selección de los individuos a clonar está lejos de ser la mejor.
Y este no es el único tropiezo científico, la ciencia está llena de ellos. Por ejemplo, cuando por primera vez aparecieron y se usaron los antibióticos, se pensó que el problema de las enfermedades infecciosas estaba por fin resuelto y que las grandes epidemias y mortandades serían cosa del pasado. La tuberculosis, lepra, sífilis, tifoidea, y muchos males más, recularon y dieron marcha atrás. Entonces, las enfermedades crónico degenerativas como el cáncer, diabetes, cardiovasculares o neurodegenerativas, tomaron su lugar.
Pero las enfermedades infecciosas comenzaron a reponerse del efecto de los antibióticos e intentaron regresar. Los científicos estilizaron nuevas y mejores generaciones de medicamentos antibióticos para combatirlas, pero, al propio tiempo, los gérmenes patógenos fueron ampliando su espectro de resistencia al grado que, hoy día, enfermedades del siglo XIX están retornando más invulnerables al tratamiento y más virulentas que nunca.
Pero las enfermedades infecciosas no desplazan a las crónico degenerativas, sino que se les unen; además, a instancias de los adelantos del progreso que nos ha llenado de sustancias químicas extrañas el hogar, los alimentos, y el ambiente, los sistemas reproductivo, inmunológico y nervioso se están colapsando y dando lugar a nuevos padecimientos, como aberraciones sexuales o incremento de la conducta violenta.
De igual manera que con los antibióticos, con los plaguicidas se repite la historia pero, en este caso, a una escala mucho mayor y con enorme perjuicio para el ambiente. El primer insecticida sintético fue el DDT. Sin duda el mejor que ha existido desde que se empezaron a producir y comercializar estos productos a partir de la década de los cuarenta. Fue el mejor porque, al ser el primero en su tipo, arrasó con las plagas que se combatieron… y con toda clase de vida a su alrededor.
Debido al arrollador éxito de los plaguicidas, principalmente en las décadas de los cincuenta y sesenta, la producción agrícola mundial fue un éxito histórico. Los campos agrícolas producían en toda su potencialidad, los cultivos eran salvaguardados de los insectos y otras plagas por el DDT, aldrín, dieldrín y otros insecticidas.
De la misma forma, los mosquitos transmisores del paludismo, dengue y encefalitis, la mosca tsé tsé transmisora del mal del sueño, y otros insectos vectores de enfermedades, fueron arrasados en varias regiones del mundo. En los campos de cultivo se colectaban granos y semillas, y en las poblaciones enfermas se cosechaba salud.
Al poco tiempo, el DDT y otras variedades de insecticidas que ya se estaban fabricando, empezaron a perder eficacia y dejaron de matar a los insectos con aquella efectividad que mostraron al principio. Las plagas estaban desarrollando resistencia a esas sustancias químicas y cada vez eran menos los insectos que morían a resultas de las fumigaciones. Los insecticidas ya no eran tan letales.
Y en este estira y afloja de la ciencia y la naturaleza, la investigación generó cientos de plaguicidas que la fortaleza biogenética de las plagas se encargó de anularlos.
Desde los plaguicidas más rústicos hasta los más sofisticados, todos tuvieron buenos momentos y permitieron alimentar a más gentes y evitar que muchas más se enfermaran y murieran. Sin embargo, también ocasionaron graves daños al ambiente, a una naturaleza que no ha tenido la misma capacidad de ajuste que los insectos; por el contrario, muchas especies han desaparecido a causa de esas sustancias tóxicas y otras más siguen acusando sus efectos.
Por ejemplo, nada más en Estados Unidos, según los científicos Pimentel y Andow, se estima que los plaguicidas matan a 67 millones de aves y 6 millones de peces cada año. Pequeños mamíferos insectívoros y herbívoros se están extinguiendo por sufrir los efectos directos e indirectos de esas sustancias. Las poblaciones de abejas han disminuido, miles de animales de granja y domésticos mueren por envenenamiento, y las ranas ya casi desaparecieron del planeta.
Ahora, a pesar de que la tecnología de la clonación es incipiente, altamente falible y se ignoran los riesgos a futuro, no solamente biológicos sino también sociales, algunos laboratorios ya están ofreciendo sus servicios a quien quiera clonarse y pueda pagar el costo.
Hoy día, en países como México donde todo es posible y lo que no se puede conseguir se facilita para que se pueda, cualquiera puede comprar y revender insecticidas, o adquirir los antibióticos que se deseen sin llevar prescripción médica. Igualmente, no tardará el día en que, así como hay clínicas clandestinas que practican el aborto, también habrá laboratorios que clandestinamente clonarán nuevos seres.
Entre otras cosas, esto nos permite ver que los resultados de la ciencia no son concluyentes en la mayoría de sus aparentes éxitos, sino que son meras aproximaciones a una verdad inalcanzable o indemostrable. El acierto científico de hoy es el problema del investigador del mañana. Lin Tai Wao no estaba lejos de la verdad cuando, en su “Leyenda del desarrollo sustentable”, expresó: “Para sobrevivir, la naturaleza debe prescindir de los hombres sabios”.
VGA. Publicado ca 2001.
La fundación en 1659 de la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Mansos del Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez, Chihuahua, se debió a que los misioneros colonizadores reconocieron, en medio del desierto, un valle potencialmente fértil y ricamente irrigado por un río que llamaron Río Grande/Río Bravo. Pronto, ese lugar sería posta obligada del Camino Real entre la Ciudad de México y Santa Fe.
Los primeros colonos que se avecindaron en el lugar sembraron cereales y forrajes pero, principalmente, vides para producir vino. Desde su llegada, los colonos construyeron represas para desviar agua del entonces bronco y caudaloso Río Bravo, y crearon un sistema de acequias para conducir cantidades controladas de agua a la Misión y al Valle que sustentaba sus cultivos.
A la columna vertebral de ese sistema de distribución de agua se la llamó “Acequia Madre”. Esa acequia, que en largos tramos cruza a cielo abierto por la ciudad y que, paralelamente al Río Bravo, se extiende por más de cincuenta kilómetros, aún está en uso y se origina exactamente en el mismo punto donde el río comienza a hacer frontera entre México y Estados Unidos.
En la segunda mitad del siglo XVIII, la villa Paso del Norte tenía alrededor de 5 mil habitantes y las viñas poseían alrededor de un cuarto de millón de vides en producción.
En 1807, treinta y un años después de la emancipación de los Estados Unidos, el primer estadounidense que arribó a Paso del Norte encontró un poblado bien constituido, de casi 150 años de antigüedad, que se levantaba a uno y otro lado del río, y una prospera región agrícola que alimentaba a la comunidad y proveía de productos a lejanos pueblos.
La vitivinicultura que floreció en el Valle abasteció, por más de doscientos años, de fruta, vino y aguardiente a muchas regiones de la Nueva y la Vieja España. Las aguas del Río Bravo fueron la clave de su producción.
La invasión estadounidense a México a mediados del siglo XIX, marcó una nueva etapa en el desarrollo del valle, pues del norte arribaron colonos angloparlantes que venían dispersándose como fieras hambrientas en pos de la presa, y posesionándose de las tierras de los mexicanos, y llevando a cabo lo que pomposa y románticamente en Estados Unidos se suele denominar la conquista del oeste.
Desde el mismo momento en que esa tropa de buscadores de fortuna arribó al lugar, el agua se convirtió en motivo de disputa entre las nuevas poblaciones de la comunidad escindida, que ahora eran: Paso del Norte (hoy Cd. Juárez, Chihuahua), y Magoffinsville, entonces también conocida como American El Paso (hoy El Paso, Texas). El nuevo gobierno vecino reclamó la propiedad del caudal de agua del Río Bravo, que nacía en las Rocallosas y cuyo cauce descendía de las montañas pasando por los estados de Colorado, Nuevo México y Texas. Luego, a comienzos del siglo XX, después de múltiples negociaciones, decidieron entregar a México, por cortesía, la cantidad de 74 millones de m3 de agua al año para el riego del Valle. Ese volumen de agua no representaba ni la quinta parta del agua que necesitaba el Valle para mantenerse. El acuerdo quedó inscrito en un acuerdo denominado Tratado de Aguas Internacionales de 1906. Dicho Acuerdo feneció en el año 2006 y, aunque de buen talante los estadounidenses continúan entregando el mismo caudal que en años anteriores, el Tratado de Aguas no se ha renovado y la entrega del agua puede dejar de darse en el momento que los vecinos lo decidan.
El impacto que tuvo el control del flujo del agua sobre las tierras de cultivo mexicanas, que por siglos las utilizó para las siembras del Valle de Juárez, fue desastroso, pues ocasionó que, en menos de quince años, los seculares viñedos ricamente irrigados se secaran o tuvieran que ser remplazados por otras especies agrícolas más resistentes a la falta de agua. Para 1920, más del 90% de los cultivos en el Valle eran ya de algodón y alfalfa. No había rastros de las vides. Las arboledas fueron desapareciendo paulatinamente.
En 1934, el gobierno federal decidió crear el Distrito de Riego 009 Valle de Juárez (dividido en tres unidades), cuya área aproximada es de 27,500 hectáreas. Esto trajo consigo la burocratización de un sistema agrícola que, por casi tres siglos, fue un asunto local administrativa y eficientemente controlado por un “alcalde de aguas”.
La insuficiente cantidad de agua para riego otorgada por el Tratado de Aguas de 1906, tuvo como consecuencia tres acciones importantes que terminarían por modificar la región agrícola del Valle de Juárez:
A partir de los años treinta del siglo XX, los agricultores mexicanos tuvieron que comenzar a explotar los mantos acuíferos
En la época de los viñedos la salinidad no fue problema debido, en gran medida, a que bastas cantidades de agua del Bravo fluían libremente y lavaban los suelos.
La escasa cantidad de agua del Río Bravo, el riego con aguas salobres de pozos profundos y las aguas negras procedentes de la ciudad, cargadas también con altas concentraciones de sales, provocaron una paulatina saturación salina de los suelos del Valle y un irreversible daño al ambiente local.
Para colmo, agricultores de los estados de Colorado, Nuevo México y Texas, que comparten la cuenca hidrológica del Río Grande/Río Bravo, han estado demandando llevar a la mesa de discusión el tema del agua que dicen que se regala a México, y empujan a sus legisladores para que le quiten esa concesión a los agricultores del Valle de Juárez. De suceder esto y por no haberse renovado el Tratado de Aguas Internacionales en el año 2006, la falta de las aguas blancas del Bravo agudizará el problema de la salinidad del Valle que, engañosamente, ya hace parecer los terrenos de algunos ranchos como suelos nevados.
Desde la perspectiva ecológica, el ambiente del Valle de Juárez muestra un estado crítico. Algunos expertos en suelos, hidrología, ecología, agricultura y vida silvestre, se han atrevido a afirmar que en el Valle de Juárez se ha gestado un ecocidio.
Como herencia de los antiguos colonizadores españoles sólo se mantiene vigente la estructura de la Acequia Madre, por cuyo cauce, que en parte pasa a través de las plantas tratadoras que no cumplen cabalmente con su cometido, la ciudad envía al Valle de Juárez su caudal de aguas de albañal.
Las denominadas Aguas del Tratado se entregaron regularmente a Cd. Juárez, a través de la Acequia Madre, durante los meses de marzo a septiembre de cada año. Así ocurrió, sin grandes modificaciones en el caudal, desde 1906 hasta el año 2002. En el año 2003, a raíz de las disputas binacionales por el agua, y sin previo aviso, los estadounidenses cortaron el flujo durante los meses de marzo a mayo y lo restituyeron por el breve período de junio a agosto. Esta medida perjudicó, aún más, a los agricultores acostumbrados a regar con esas aguas y en esa época. Desde entonces al 2010, las Aguas del Tratado se han entregado regularmente.
La agricultura del Valle de Juárez, que por más de trescientos años mantuvo al norte de Chihuahua, prácticamente está condenada a la desaparición, y en las parcelas de la zona ahora sólo crecen centros comerciales, bodegas, áreas de carga y descarga de transporte pesado, edificios multifamiliares, y naves industriales para la maquiladora.
VGA. Excerpta de un reporte de investigación. Actualización: 2010
El Mono Fuera de su Jaula
El recién elaborado “mapa del genoma humano”, revela que el parentesco biológico entre el chimpancé y el hombre yace en aproximadamente un 99 % de compatibilidad. El restante 1%, pequeño porcentaje de variación, hace la diferencia entre lo que es uno y otro. Pero entre el hombre del siglo XXI y el hombre de las cavernas de hace 100 mil años, que tenía una conducta más animal que humana, no existe diferencia genética alguna.
El cambio ocurrido entre el hombre primitivo y el hombre moderno es a lo que se le llama civilización y progreso. Cualquiera que conozca un poco de historia sabrá cómo vivía el hombre de las cavernas y de qué manera fue cambiando, gracias a su inteligencia y necesidad de sobrevivir en medios hostiles, hasta ser lo que es hoy. Esa transformación es la que le ha valido a nuestra especie ser la de mayor éxito sobre la Tierra.
Tan es así que el deseo de progreso del hombre contemporáneo se ha convertido en una obsesión, en una persistente idea de renovación y cambio, en un constante ir hacia adelante, en no conformarse con permanecer en el último escalón de la pirámide sino en acarrear y poner otros escalones y seguir hacia arriba.
Sin embargo, otra de las características distintivas de ese hombre es la destrucción, la generación de caos. Basta mirar un poco a nuestro alrededor y observar lo que ocurre para darnos cuenta de lo que está pasando a causa nuestra. Como en una balanza, dos fuerzas luchan por cambiar el peso hacia cualquier lado: hacia el desarrollo o hacia el impacto del desarrollo. En esto del progreso una cosa es cierta: a mayor desarrollo mayor será el impacto que haya en las sociedades y en el ambiente.
La producción de especies genéticamente modificadas y la creación de organismos clonados, invención de nuevos medicamentos y vacunas, superproducción agrícola y pecuaria, acelerada construcción de obras de ingeniería como represas hidroeléctricas, supercarreteras y plantas nucleares, industrialización y poblamiento de regiones para formar megaciudades, son sólo algunos ejemplos del progreso que nos han beneficiado.
Pero el cambio climático global, la sobrepoblación y los millones de pobres del mundo, la destrucción sistemática de los santuarios de las mariposas monarca y de muchas otras especies por la tala inmoderada de los bosques o invasión de selvas por gente sin tierra, la destrucción de la naturaleza única de las islas Galápagos, la epidemia del mal de las vacas locas o la crisis de la fiebre aftosa, la epidemia mundial de sida y de violencia, el hundimiento de la mayor plataforma petrolera marítima del mundo, son también ejemplos del impacto desastroso que ese desarrollo está provocando en la actualidad.
Algunas partes del mundo son social –más no ambientalmente– menos caóticas que otras, sobre todo las de los países más industrializados, donde paralelamente a ese progreso desarrollaron patrones de civilidad hacia su interior. Por eso, cuando alguien de un país avanzado viaja a Latinoamérica o África o Asia, lo que encuentra es una forma de ser y de vivir más anárquica –no estoy hablando de culturas, sino de eso que llaman “civilización”– que no encaja con el orden que conoce en su país. Y eso lo nota el que vive en la línea que separa al desarrollo del subdesarrollo, como es la frontera entre Estados Unidos y México, dónde el ir hacia el norte o regresar hacia el sur le impone o le libera de ataduras conductuales tan simples como tirar o no basura por la ventanilla del auto y cometer o no otras faltas. En ambos lados hay leyes y autoridades, pero en un lado se respetan ambas y en el otro existen para ser corrompidas. Es como si el motor de un auto de buen funcionamiento estuviera en el norte y el escape de sus gases y contaminantes en el sur, que todo lo permite. Para quien no está acostumbrado a vivir en una comunidad organizada y respetuosa le cuesta más hacer las cosas con orden que vivir en el desorden.
Pero aún en países tan social, política, económica y ambientalmente inestables como lo ha sido México en los últimos 25 años, hay ciudades ordenadas y ciudades caóticas. La nuestra, Ciudad Juárez, aunque económicamente próspera, transmutada de buhonera a maquiladora, es una de estas últimas, producto de un desordenado crecimiento cuya fuerza disipativa no se ha podido contener y organizar con nada.
Particularmente en esta ciudad, que es espejo de muchas ciudades mexicanas, el producto de los errores de la falta de previsión y planeación que por generaciones ha adolecido la entidad –como los de otorgar permisos de asentamiento y uso de infraestructura pública a todo tipo de empresas que no invirtieron un centavo en la ciudad, falta de vivienda digna para gente de bajos recursos, violencia sin límites contra la mujer y la familia, asesinatos y ajusticiamientos, narcotráfico, tráfico de migrantes indocumentados, tráfico de vehículos “chocolate” o sin papeles, contrabando, importación de residuos comercializables como las llantas usadas o alimentos caducos, agotamiento de los acuíferos, etc. – no podrá ser contenido con impuestos pagaderos al fisco, con ejércitos que vengan a hacer el trabajo de otros, con detectives de otras naciones que hacen visitas de dos días, con técnicos traídos de Europa para que nos digan que hay crisis de agua, ni con ochocientos de millones de dólares para pagar la construcción de una planta para desalar el agua impagable por la sociedad.
Sin duda las cosas no se están enfocando debidamente. Por ejemplo, en el esquema de crecimiento de ciudades caóticas, lo crítico no es que haya problema para conseguir el dinero y construir la nueva infraestructura de abastecimiento de agua potable, sino que los residentes de la región hemos agotado un inmenso manto de agua dulce y sus posibilidades de recuperarlo son inexistentes. Un acuífero con millones de años de antigüedad que se ha acabado en menos de 100 años. Con la nueva infraestructura planeada se potabilizará el remanente de agua salada y, al final, quedará una olla vacía que podrá ser usada, como a un gobierno se le ocurrió brillantemente hacer en otro estado del norte de México, como “confinamiento natural” de residuos tóxicos –lo que, dicho de paso, es un crimen–. ¿Y luego que pasará dentro de 50 años más? ¿Se traerá agua del polo norte como absurdamente lo recomendó un político? Esto, aunque las autoridades del sur y el norte le denominan “sustentabilidad”, no es desarrollo sustentable. Y lo triste es que así son las iniciativas que se proponen a lo ancho del mundo.
El filósofo ambientalista chino, Lin Tai Wao, dice que si en una máquina del tiempo fuera posible traer de un pasado remoto de hace 100 mil años al hombre primitivo de Neanderthal, y se le vistiera como cualquier persona de nuestra época, el cavernario pasaría desapercibido en la calle, sería uno más entre millones. Y no porque físicamente se pareciera a nosotros, sino porque el comportamiento de una inmensa cantidad de gente carece de todo sentido social. En nuestra especie hay muchas obras racionales pero también muchas actitudes irracionales.
Y si el hombre es la especie de mayor éxito en la historia natural de la Tierra, al menos desde nuestra perspectiva, parece que también será la más meteórica. Lin Tai Wao ilustró esto diciendo que somos la única especie que puede predecir su inminente desaparición.
Quizá en esa misma sintonía de ideas el reputado escritor de ciencia Matt Ridley, autor del bestseller mundial “Genoma”, afirmó: “somos la especie más pesimista que viva sobre el planeta.”
El hombre sigue siendo un mono en un 99%, un mono que se liberó de su jaula pero no de sus ataduras ancestrales. En lo alto de su frágil y tambaleante pirámide de civilización, que se posa sobre una naturaleza en decadencia, hace cabriolas para agregarle un escalón más de progreso a la cúspide y, por maniático acostumbramiento, seguir encaramándose por el hecho de que todavía puede seguir aumentando los escalones, pero sin ponerse a pensar a donde quiere ir o a donde lo llevan.
VGA Publicado en la revista Memoria. Ca. 2001