El Mono Fuera de su Jaula
El recién elaborado “mapa del genoma humano”, revela que el parentesco biológico entre el chimpancé y el hombre yace en aproximadamente un 99 % de compatibilidad. El restante 1%, pequeño porcentaje de variación, hace la diferencia entre lo que es uno y otro. Pero entre el hombre del siglo XXI y el hombre de las cavernas de hace 100 mil años, que tenía una conducta más animal que humana, no existe diferencia genética alguna.
El cambio ocurrido entre el hombre primitivo y el hombre moderno es a lo que se le llama civilización y progreso. Cualquiera que conozca un poco de historia sabrá cómo vivía el hombre de las cavernas y de qué manera fue cambiando, gracias a su inteligencia y necesidad de sobrevivir en medios hostiles, hasta ser lo que es hoy. Esa transformación es la que le ha valido a nuestra especie ser la de mayor éxito sobre la Tierra.
Tan es así que el deseo de progreso del hombre contemporáneo se ha convertido en una obsesión, en una persistente idea de renovación y cambio, en un constante ir hacia adelante, en no conformarse con permanecer en el último escalón de la pirámide sino en acarrear y poner otros escalones y seguir hacia arriba.
Sin embargo, otra de las características distintivas de ese hombre es la destrucción, la generación de caos. Basta mirar un poco a nuestro alrededor y observar lo que ocurre para darnos cuenta de lo que está pasando a causa nuestra. Como en una balanza, dos fuerzas luchan por cambiar el peso hacia cualquier lado: hacia el desarrollo o hacia el impacto del desarrollo. En esto del progreso una cosa es cierta: a mayor desarrollo mayor será el impacto que haya en las sociedades y en el ambiente.
La producción de especies genéticamente modificadas y la creación de organismos clonados, invención de nuevos medicamentos y vacunas, superproducción agrícola y pecuaria, acelerada construcción de obras de ingeniería como represas hidroeléctricas, supercarreteras y plantas nucleares, industrialización y poblamiento de regiones para formar megaciudades, son sólo algunos ejemplos del progreso que nos han beneficiado.
Pero el cambio climático global, la sobrepoblación y los millones de pobres del mundo, la destrucción sistemática de los santuarios de las mariposas monarca y de muchas otras especies por la tala inmoderada de los bosques o invasión de selvas por gente sin tierra, la destrucción de la naturaleza única de las islas Galápagos, la epidemia del mal de las vacas locas o la crisis de la fiebre aftosa, la epidemia mundial de sida y de violencia, el hundimiento de la mayor plataforma petrolera marítima del mundo, son también ejemplos del impacto desastroso que ese desarrollo está provocando en la actualidad.
Algunas partes del mundo son social –más no ambientalmente– menos caóticas que otras, sobre todo las de los países más industrializados, donde paralelamente a ese progreso desarrollaron patrones de civilidad hacia su interior. Por eso, cuando alguien de un país avanzado viaja a Latinoamérica o África o Asia, lo que encuentra es una forma de ser y de vivir más anárquica –no estoy hablando de culturas, sino de eso que llaman “civilización”– que no encaja con el orden que conoce en su país. Y eso lo nota el que vive en la línea que separa al desarrollo del subdesarrollo, como es la frontera entre Estados Unidos y México, dónde el ir hacia el norte o regresar hacia el sur le impone o le libera de ataduras conductuales tan simples como tirar o no basura por la ventanilla del auto y cometer o no otras faltas. En ambos lados hay leyes y autoridades, pero en un lado se respetan ambas y en el otro existen para ser corrompidas. Es como si el motor de un auto de buen funcionamiento estuviera en el norte y el escape de sus gases y contaminantes en el sur, que todo lo permite. Para quien no está acostumbrado a vivir en una comunidad organizada y respetuosa le cuesta más hacer las cosas con orden que vivir en el desorden.
Pero aún en países tan social, política, económica y ambientalmente inestables como lo ha sido México en los últimos 25 años, hay ciudades ordenadas y ciudades caóticas. La nuestra, Ciudad Juárez, aunque económicamente próspera, transmutada de buhonera a maquiladora, es una de estas últimas, producto de un desordenado crecimiento cuya fuerza disipativa no se ha podido contener y organizar con nada.
Particularmente en esta ciudad, que es espejo de muchas ciudades mexicanas, el producto de los errores de la falta de previsión y planeación que por generaciones ha adolecido la entidad –como los de otorgar permisos de asentamiento y uso de infraestructura pública a todo tipo de empresas que no invirtieron un centavo en la ciudad, falta de vivienda digna para gente de bajos recursos, violencia sin límites contra la mujer y la familia, asesinatos y ajusticiamientos, narcotráfico, tráfico de migrantes indocumentados, tráfico de vehículos “chocolate” o sin papeles, contrabando, importación de residuos comercializables como las llantas usadas o alimentos caducos, agotamiento de los acuíferos, etc. – no podrá ser contenido con impuestos pagaderos al fisco, con ejércitos que vengan a hacer el trabajo de otros, con detectives de otras naciones que hacen visitas de dos días, con técnicos traídos de Europa para que nos digan que hay crisis de agua, ni con ochocientos de millones de dólares para pagar la construcción de una planta para desalar el agua impagable por la sociedad.
Sin duda las cosas no se están enfocando debidamente. Por ejemplo, en el esquema de crecimiento de ciudades caóticas, lo crítico no es que haya problema para conseguir el dinero y construir la nueva infraestructura de abastecimiento de agua potable, sino que los residentes de la región hemos agotado un inmenso manto de agua dulce y sus posibilidades de recuperarlo son inexistentes. Un acuífero con millones de años de antigüedad que se ha acabado en menos de 100 años. Con la nueva infraestructura planeada se potabilizará el remanente de agua salada y, al final, quedará una olla vacía que podrá ser usada, como a un gobierno se le ocurrió brillantemente hacer en otro estado del norte de México, como “confinamiento natural” de residuos tóxicos –lo que, dicho de paso, es un crimen–. ¿Y luego que pasará dentro de 50 años más? ¿Se traerá agua del polo norte como absurdamente lo recomendó un político? Esto, aunque las autoridades del sur y el norte le denominan “sustentabilidad”, no es desarrollo sustentable. Y lo triste es que así son las iniciativas que se proponen a lo ancho del mundo.
El filósofo ambientalista chino, Lin Tai Wao, dice que si en una máquina del tiempo fuera posible traer de un pasado remoto de hace 100 mil años al hombre primitivo de Neanderthal, y se le vistiera como cualquier persona de nuestra época, el cavernario pasaría desapercibido en la calle, sería uno más entre millones. Y no porque físicamente se pareciera a nosotros, sino porque el comportamiento de una inmensa cantidad de gente carece de todo sentido social. En nuestra especie hay muchas obras racionales pero también muchas actitudes irracionales.
Y si el hombre es la especie de mayor éxito en la historia natural de la Tierra, al menos desde nuestra perspectiva, parece que también será la más meteórica. Lin Tai Wao ilustró esto diciendo que somos la única especie que puede predecir su inminente desaparición.
Quizá en esa misma sintonía de ideas el reputado escritor de ciencia Matt Ridley, autor del bestseller mundial “Genoma”, afirmó: “somos la especie más pesimista que viva sobre el planeta.”
El hombre sigue siendo un mono en un 99%, un mono que se liberó de su jaula pero no de sus ataduras ancestrales. En lo alto de su frágil y tambaleante pirámide de civilización, que se posa sobre una naturaleza en decadencia, hace cabriolas para agregarle un escalón más de progreso a la cúspide y, por maniático acostumbramiento, seguir encaramándose por el hecho de que todavía puede seguir aumentando los escalones, pero sin ponerse a pensar a donde quiere ir o a donde lo llevan.
VGA Publicado en la revista Memoria. Ca. 2001