“Para sobrevivir, la naturaleza debe prescindir de los hombres sabios”. Lin Tai Wao

La Clonación del más Apto

Los clones están resultando un fiasco. Por alguna razón que los científicos no tardarán en descubrir, o en inventar, los clones de ovejas, vacas, cerdos, gatos, monos, ranas y otros animales que han utilizado para este propósito, no están naciendo como se esperaba: tan puros como el original seleccionado. La diabetes, la artritis o mal funcionamiento cardíaco son sólo algunos de los males que tempranamente les están afectando.

A la corta o a la larga emergen en ellos diferentes defectos que no existían en el original, o que, cuando menos, no se habían expresado físicamente, pues al parecer los tienen escondidos en los genes. La clonación es una prueba más de que las “ecuaciones biológicas” o los modelos teóricos de la biotecnología no son tan exactos como las ecuaciones matemáticas.

En la naturaleza existen numerosas especies cuya reproducción es una perpetua clonación de sí mismas. De tiempo en tiempo se cruzan sexualmente para intercambiar genes, evitando así la degeneración de la estirpe, y reafirmar la capacidad autorreproductiva de las siguientes generaciones.

Pero estos diseños clónicos, si se les puede decir así, son producto de incontables ensayos ocurridos en la naturaleza a lo largo de cientos de millones de años, y en los que sucede una selección natural de los individuos; no son resultado del capricho de mentes inquisitivas que juegan a Dios con técnicas científicas que tienen menos de cincuenta años de antigüedad, en donde la selección de los individuos a clonar está lejos de ser la mejor.

Y este no es el único tropiezo científico, la ciencia está llena de ellos. Por ejemplo, cuando por primera vez aparecieron y se usaron los antibióticos, se pensó que el problema de las enfermedades infecciosas estaba por fin resuelto y que las grandes epidemias y mortandades serían cosa del pasado. La tuberculosis, lepra, sífilis, tifoidea, y muchos males más, recularon y dieron marcha atrás. Entonces, las enfermedades crónico degenerativas como el cáncer, diabetes, cardiovasculares o neurodegenerativas, tomaron su lugar.

Pero las enfermedades infecciosas comenzaron a reponerse del efecto de los antibióticos e intentaron regresar. Los científicos estilizaron nuevas y mejores generaciones de medicamentos antibióticos para combatirlas, pero, al propio tiempo, los gérmenes patógenos fueron ampliando su espectro de resistencia al grado que, hoy día, enfermedades del siglo XIX están retornando más invulnerables al tratamiento y más virulentas que nunca.

Pero las enfermedades infecciosas no desplazan a las crónico degenerativas, sino que se les unen; además, a instancias de los adelantos del progreso que nos ha llenado de sustancias químicas extrañas el hogar, los alimentos, y el ambiente, los sistemas reproductivo, inmunológico y nervioso se están colapsando y dando lugar a nuevos padecimientos, como aberraciones sexuales o incremento de la conducta violenta.

De igual manera que con los antibióticos, con los plaguicidas se repite la historia pero, en este caso, a una escala mucho mayor y con enorme perjuicio para el ambiente. El primer insecticida sintético fue el DDT. Sin duda el mejor que ha existido desde que se empezaron a producir y comercializar estos productos a partir de la década de los cuarenta. Fue el mejor porque, al ser el primero en su tipo, arrasó con las plagas que se combatieron… y con toda clase de vida a su alrededor.

Debido al arrollador éxito de los plaguicidas, principalmente en las décadas de los cincuenta y sesenta, la producción agrícola mundial fue un éxito histórico. Los campos agrícolas producían en toda su potencialidad, los cultivos eran salvaguardados de los insectos y otras plagas por el DDT, aldrín, dieldrín y otros insecticidas.

De la misma forma, los mosquitos transmisores del paludismo, dengue y encefalitis, la mosca tsé tsé transmisora del mal del sueño, y otros insectos vectores de enfermedades, fueron arrasados en varias regiones del mundo. En los campos de cultivo se colectaban granos y semillas, y en las poblaciones enfermas se cosechaba salud.

Al poco tiempo, el DDT y otras variedades de insecticidas que ya se estaban fabricando, empezaron a perder eficacia y dejaron de matar a los insectos con aquella efectividad que mostraron al principio. Las plagas estaban desarrollando resistencia a esas sustancias químicas y cada vez eran menos los insectos que morían a resultas de las fumigaciones. Los insecticidas ya no eran tan letales.

Y en este estira y afloja de la ciencia y la naturaleza, la investigación generó cientos de plaguicidas que la fortaleza biogenética de las plagas se encargó de anularlos.

Desde los plaguicidas más rústicos hasta los más sofisticados, todos tuvieron buenos momentos y permitieron alimentar a más gentes y evitar que muchas más se enfermaran y murieran. Sin embargo, también ocasionaron graves daños al ambiente, a una naturaleza que no ha tenido la misma capacidad de ajuste que los insectos; por el contrario, muchas especies han desaparecido a causa de esas sustancias tóxicas y otras más siguen acusando sus efectos.

Por ejemplo, nada más en Estados Unidos, según los científicos Pimentel y Andow, se estima que los plaguicidas matan a 67 millones de aves y 6 millones de peces cada año. Pequeños mamíferos insectívoros y herbívoros se están extinguiendo por sufrir los efectos directos e indirectos de esas sustancias. Las poblaciones de abejas han disminuido, miles de animales de granja y domésticos mueren por envenenamiento, y las ranas ya casi desaparecieron del planeta.

Ahora, a pesar de que la tecnología de la clonación es incipiente, altamente falible y se ignoran los riesgos a futuro, no solamente biológicos sino también sociales, algunos laboratorios ya están ofreciendo sus servicios a quien quiera clonarse y pueda pagar el costo.

Hoy día, en países como México donde todo es posible y lo que no se puede conseguir se facilita para que se pueda, cualquiera puede comprar y revender insecticidas, o adquirir los antibióticos que se deseen sin llevar prescripción médica. Igualmente, no tardará el día en que, así como hay clínicas clandestinas que practican el aborto, también habrá laboratorios que clandestinamente clonarán nuevos seres.

Entre otras cosas, esto nos permite ver que los resultados de la ciencia no son concluyentes en la mayoría de sus aparentes éxitos, sino que son meras aproximaciones a una verdad inalcanzable o indemostrable. El acierto científico de hoy es el problema del investigador del mañana. Lin Tai Wao no estaba lejos de la verdad cuando, en su “Leyenda del desarrollo sustentable”, expresó: “Para sobrevivir, la naturaleza debe prescindir de los hombres sabios”.

VGA. Publicado ca 2001.



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