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ECOCIDIO

Ascenso y Ocaso de un Valle

La fundación en 1659 de la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Mansos del Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez, Chihuahua, se debió a que los misioneros colonizadores reconocieron, en medio del desierto, un valle potencialmente fértil y ricamente irrigado por un río que llamaron Río Grande/Río Bravo. Pronto, ese lugar sería posta obligada del Camino Real entre la Ciudad de México y Santa Fe.

Los primeros colonos que se avecindaron en el lugar sembraron cereales y forrajes pero, principalmente, vides para producir vino.  Desde su llegada, los colonos construyeron represas para desviar agua del entonces bronco y caudaloso Río Bravo, y crearon un sistema de acequias para conducir cantidades controladas de agua a la Misión y al Valle que sustentaba sus cultivos.

A la columna vertebral de ese sistema de distribución de agua se la llamó “Acequia Madre”. Esa acequia, que en largos tramos cruza a cielo abierto por la ciudad y que, paralelamente al Río Bravo, se extiende por más de cincuenta kilómetros, aún está en uso y se origina exactamente en el mismo punto donde el río comienza a hacer frontera entre México y Estados Unidos.

En la segunda mitad del siglo XVIII, la villa Paso del Norte tenía alrededor de 5 mil habitantes y las viñas poseían alrededor de un cuarto de millón de vides en producción.

En 1807, treinta y un años después de la emancipación de los Estados Unidos, el primer estadounidense que arribó a Paso del Norte encontró un poblado bien constituido, de casi 150 años de antigüedad, que se levantaba a uno y otro lado del río, y una prospera región agrícola que alimentaba a la comunidad y proveía de productos a lejanos pueblos.

La vitivinicultura que floreció en el Valle abasteció, por más de doscientos años, de fruta, vino y aguardiente a muchas regiones de la Nueva y la Vieja España. Las aguas del Río Bravo fueron la clave de su producción.

La invasión estadounidense a México a mediados del siglo XIX, marcó una nueva etapa en el desarrollo del valle, pues del norte arribaron colonos angloparlantes que venían dispersándose como fieras hambrientas en pos de la presa, y posesionándose de las tierras de los mexicanos, y llevando a cabo lo que pomposa y románticamente en Estados Unidos se suele denominar la conquista del oeste.

Desde el mismo momento en que esa tropa de buscadores de fortuna arribó al lugar, el agua se convirtió en motivo de disputa entre las nuevas poblaciones de la comunidad escindida, que ahora eran: Paso del Norte (hoy Cd. Juárez, Chihuahua), y Magoffinsville, entonces también conocida como American El Paso (hoy El Paso, Texas). El nuevo gobierno vecino reclamó la propiedad del caudal de agua del Río Bravo, que nacía en las Rocallosas y cuyo cauce descendía de las montañas pasando por los estados de Colorado, Nuevo México y Texas. Luego, a comienzos del siglo XX, después de múltiples negociaciones, decidieron entregar a México, por cortesía, la cantidad de 74 millones de m3 de agua al año para el riego del Valle. Ese volumen de agua no representaba ni la quinta parta del agua que necesitaba el Valle para mantenerse. El acuerdo quedó inscrito en un acuerdo denominado Tratado de Aguas Internacionales de 1906. Dicho Acuerdo feneció en el año 2006 y, aunque de buen talante los estadounidenses continúan entregando el mismo caudal que en años anteriores, el Tratado de Aguas no se ha renovado y la entrega del agua puede dejar de darse en el momento que los vecinos lo decidan.

El impacto que tuvo el control del flujo del agua sobre las tierras de cultivo mexicanas, que por siglos las utilizó para las siembras del Valle de Juárez, fue desastroso, pues ocasionó que, en menos de quince años, los seculares viñedos ricamente irrigados se secaran o tuvieran que ser remplazados por otras especies agrícolas más resistentes a la falta de agua. Para 1920, más del 90% de los cultivos en el Valle eran ya de algodón y alfalfa. No había rastros de las vides. Las arboledas fueron desapareciendo paulatinamente.

En 1934, el gobierno federal decidió crear el Distrito de Riego 009 Valle de Juárez (dividido en tres unidades), cuya área aproximada es de 27,500 hectáreas. Esto trajo consigo la burocratización de un sistema agrícola que, por casi tres siglos, fue un asunto local administrativa y eficientemente controlado por un “alcalde de aguas”.

La insuficiente cantidad de agua para riego otorgada por el Tratado de Aguas de 1906, tuvo como consecuencia tres acciones importantes que terminarían por modificar la región agrícola del Valle de Juárez:

A partir de los años treinta del siglo XX, los agricultores mexicanos tuvieron que comenzar a explotar los mantos acuíferos

  1. A partir de la década de los cuarenta, debido a la insuficiencia de agua del Río Bravo y del agua subterránea, se vieron en la necesidad de recurrir al uso de las aguas negras generadas por Cd. Juárez
  2. El agua dulce subterránea comenzó a agotarse hasta alcanzar otro nivel del manto acuífero constituido por salmuera.
  3. De forma tal que, en la década de los setenta, los agricultores del Valle ya no tenían suficiente agua para riego y la disponible, la extraída de los pozos, estaba cada vez más salada.  Esta situación se agravaba porque, cuando menos, un 50% del territorio del Valle ya estaba afectado por las sales.

    En la época de los viñedos la salinidad no fue problema debido, en gran medida, a que bastas cantidades de agua del Bravo fluían libremente y lavaban los suelos.

    La escasa cantidad de agua del Río Bravo, el riego con aguas salobres de pozos profundos y las aguas negras procedentes de la ciudad, cargadas también con altas concentraciones de sales, provocaron una paulatina saturación salina de los suelos del Valle y un irreversible daño al ambiente local.

    Para colmo, agricultores de los estados de Colorado, Nuevo México y Texas, que comparten la cuenca hidrológica del Río Grande/Río Bravo, han estado demandando llevar a la mesa de discusión el tema del agua que dicen que se regala a México, y empujan a sus legisladores para que le quiten esa concesión a los agricultores del Valle de Juárez. De suceder esto y por no haberse renovado el Tratado de Aguas Internacionales en el año 2006, la falta de las aguas blancas del Bravo agudizará el problema de la salinidad del Valle que, engañosamente, ya hace parecer los terrenos de algunos ranchos como suelos nevados.

    Desde la perspectiva ecológica, el ambiente del Valle de Juárez muestra un estado crítico.  Algunos expertos en suelos, hidrología, ecología, agricultura y vida silvestre, se han atrevido a afirmar que en el Valle de Juárez se ha gestado un ecocidio.

    Como herencia de los antiguos colonizadores españoles sólo se mantiene vigente la estructura de la Acequia Madre, por cuyo cauce, que en parte pasa a través de las plantas tratadoras que no cumplen cabalmente con su cometido, la ciudad envía al Valle de Juárez su caudal de aguas de albañal.

    Las denominadas Aguas del Tratado se entregaron regularmente a Cd. Juárez, a través de la Acequia Madre, durante los meses de marzo a septiembre de cada año. Así ocurrió, sin grandes modificaciones en el caudal, desde 1906 hasta el año 2002. En el año 2003, a raíz de las disputas binacionales por el agua, y sin previo aviso, los estadounidenses cortaron el flujo durante los meses de marzo a mayo y lo restituyeron por el breve período de junio a agosto. Esta medida perjudicó, aún más, a los agricultores acostumbrados a regar con esas aguas y en esa época. Desde entonces al 2010, las Aguas del Tratado se han entregado regularmente.

    La agricultura del Valle de Juárez, que por más de trescientos años mantuvo al norte de Chihuahua, prácticamente está condenada a la desaparición, y en las parcelas de la zona ahora sólo crecen centros comerciales, bodegas, áreas de carga y descarga de transporte pesado, edificios multifamiliares, y naves industriales para la maquiladora.

    VGA. Excerpta de un reporte de investigación. Actualización: 2010

    El terrible lastre de la tesis

    TESIS

    Hace más de veinticinco años escribí mi tesis profesional. En aquel momento estaba viviendo en la ciudad de Tapachula, Chiapas, alejado de Monterrey, donde estudié. Como entonces trabajaba en un centro de investigación, rodeado por científicos internacionales que de continuo estaban generando resultados de sus proyectos y constantemente tenían que elaborar reportes técnicos, conferencias, artículos científicos y hasta libros, por la influencia de esta gente fue para mí de lo más natural cumplir con el requisito que mi universidad pedía para que me graduara.

    Pero esta experiencia, que en lo personal fue más cuestión de trámite que problema, para miles de jóvenes mexicanos ha sido, por decenas de años, un factor insuperable para la obtención del título universitario. Y es que las universidades públicas de México, como norma y por largo tiempo, han exigido a los estudiantes que culminan sus estudios profesionales la realización de una investigación en su disciplina y la presentación, por escrito, de sus resultados. En el lenguaje universitario se le conoce a todo este proceso, simple y llanamente, hacer la tesis.

    Quienes introdujeron el requisito de la tesis en todas las universidades públicas del país, sin duda lo hicieron con la mejor de las intenciones y no para crearles dificultades a los estudiantes. Han de haber pensado que si después de haber sometido a los alumnos a una fuerte carga académica de teoría y prácticas de laboratorio y campo, y si sus maestros les guiaban en la realización de una investigación, que como remate tendría que ser presentada verbalmente en un foro especializado para la defensa de dicho estudio, se producirían profesionistas altamente capacitados para el manejo de problemas en biología, ingeniería, agronomía, economía, filosofía o cualquier otro campo del conocimiento.

    Pero la realidad no sucedió tal cual. La tesis se convirtió en una infranqueable barrera que, por lo menos durante los últimos 50 años, imposibilitó la titulación de un incalculable número de egresados. De tal manera, México comenzó a llenarse de profesionales universitarios sin título, mejor conocidos como: pasantes.

    La pasantía no era un obstáculo para conseguir empleo. A principio de la década de los 80 del pasado siglo, yo mismo y muchos de mis compañeros comenzamos a trabajar como profesionales en instituciones públicas y privadas, sin el mayor problema, cuando aún éramos pasantes. No nos exigieron el título, ni la cédula para el ejercicio profesional, pero sí, por increíble que parezca, la cartilla de servicio militar, que era un documento imprescindible para firmar un contrato laboral. Tampoco la administración de las universidades de entonces nos impusieron plazo alguno para titularnos, que lo mismo podría suceder al concluir los estudios o veinte años después. Simplemente terminábamos el aprendizaje de nuestras carreras y ya éramos profesionales. Y si estaban así de fáciles las cosas, ¿para qué mortificarse entonces por la obtención del título? Algún día volveríamos por el título… o tal vez nunca.

    Hasta donde sé, todavía existen ex-compañeros universitarios aún que conservan su calidad de pasantía, algunos de los cuales trabajan para instituciones gubernamentales, en algunas escuelas de nivel medio profesional o en empresas privadas. Sin duda su experiencia es vasta, pero lamentablemente no hubo forma de hacer que cumplieran con el requisito de la tesis para que les extendieran su título universitario.

    Para quienes tuvieron la mejor intención de graduarse y no lo consiguieron, la cosa de la tesis se les convirtió en un tabú, en un verdadero trauma colectivo y generacional que aún hoy sigue afectando a miles de antiguos egresados.

    A mi me queda claro que el problema no eran los estudiantes, sino el sistema de titulación con tesis que fue insertado con carácter de obligatorio en las universidades públicas; es decir, que fue puesto en marcha sin que antes se hubiera preparado el terreno, o sea, se elaboraran materiales y se preparara a los maestros universitarios para que supieran cómo hacer frente a esa nueva situación. Había algunos cuantos catedráticos que entendieron la intención de la iniciativa y supieron como responder a ella; unos más aprendieron a base de tropiezos y caídas; pero otros, la inmensa mayoría, no tuvo la menor idea de su significado ni de su importancia.

    Así las cosas, ya no digo los estudiantes, sino que ni los propios catedráticos estaban entonces del todo capacitados para plantear un proyecto y hacer una investigación, por pequeña que esta fuera, ni mucho menos para registrar por escrito y publicar los resultados obtenidos, que es lo que por regla se debe de hacer. Luego, cuando tenían que dirigir las investigaciones de los estudiantes que se supone iban a asesorar, se les dificultaba encontrarle la cuadratura a lo que por redondo no alcanzaban a ver. Pero además, cosa que tampoco se tomó entonces en cuenta, es que si el gusto de algunos maestros era exclusivamente la enseñanza –pues a muy pocos les ha interesado o les llama la atención la investigación–, poca motivación tendrían para emprender estudios y estar en permanente búsqueda de información para actualizarse como investigadores.

    En tal razón, el biólogo Efraím Hernández X., presidente de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, afirmaba en 1960: “no tenemos profesionales preparados para surtir de maestros nuestras escuelas máximas de enseñanza (universidades), ni para ocupar los puestos disponibles en las instituciones de investigación.” Por esto, en las escuelas de educación superior se vieron obligados a dar nombramientos de catedráticos a gente carente de instrucción formal: “ante esta situación, agregó Hernández X, hemos improvisado –tenemos personas que dicen ser botánicos por el hecho de trabajar con plantas–…”

    Este fenómeno de incumplimiento con el requisito de titulación se generalizó en todas y cada una de las carreras de las universidades autónomas del país que exigían la tesis, y, a medida que se abrieron nuevas instituciones públicas, el problema se repitió y agudizó. El dato exacto sobre la cantidad de egresados universitarios que no se titularon en los últimos 50 años se desconoce, pero en porcentajes se estima que oscila alrededor del 80% de los que terminaron sus planes de estudios.

    El valor de la tesis es indiscutible. Su planteamiento y desarrollo permite al estudiante vislumbrar los principios de la investigación y hacer de él un profesional con perspectiva sobre la búsqueda y generación del conocimiento. Sin embargo, como en más de medio siglo de aplicación este sistema no enraizó en la cultura universitaria del país, en la actualidad ha desaparecido en la mayoría de los planes de estudio. Cada vez serán vez menos los jóvenes que, motivados por sus investigaciones de tesis a nivel licenciatura, desde temprana edad se interesen por la investigación científica, y mayor el problema de la gerontocrática comunidad científica mexicana, que en buena medida está constituida por personas mayores de 55 años, de renovarse con sangre nueva. Lamentablemente, el problema de la tesis se repite con la misma intensidad en los estudios posgraduados de maestría y doctorado.

    Para salvar la no titulación por tesis de los egresados de las universidades públicas, el sistema cambió drásticamente en la última década facilitando la obtención del título mediante la elaboración de trabajos de investigación en equipo, reportes de estancias industriales, hasta el cursar media carrera de maestría, entre otras alternativas. Al fin y al cabo las universidades privadas, que no han adolecido del rezago que genera la titulación obligatoria con tesis, al igual que las universidades americanas les entregan el título al concluir el último curso de la carrera.

    VGA.  Febrero 19, 2010.

    Revisado y actualizado.

    Juárez, Chihuahua. México.

    Geopoesía

    La Historia de las Cuencas Oceánicas de Hess, un Texto Científico Cargado de Poesía

    Harry H. Hess (1906-1969), profesor de Princeton, escribió en 1960 un texto llamado The history of ocean basins, que sería publicado como reporte en 1962. En uno de los párrafos de la introducción se lee:

    “El nacimiento de los océanos es asunto de conjetura, la historia subsecuente es obscura, y la presente estructura está apenas comenzando a ser entendida”.

    Luego, porque explicaba la idea de la deriva continental a partir de la formación de un nuevo suelo en el fondo de las cordilleras oceánicas, advirtió a sus lectores lo que él estaba presentando:

    “Yo debo considerar a este artículo como un ensayo de geopoesía… que bordea la fantasía”

    Es decir, una conjetura sobre la formación, evolución y desplazamiento del suelo oceánico. Hess especulaba que los riscos del fondo marino, debido al levantamiento de la tierra y a la convección de las corrientes marinas, eran hendiduras que literalmente se abrían desplazando a las inmensas montañas submarinas, produciendo el fenómeno que denominó deriva continental.

    Para tratar de entender el complejo y casi incomprensible fenómeno, Hess apeló a la cuantiosa información existente entonces, con la que sin duda se divirtió especulando sobre lo que pudo haber ocurrido en millones de años. Esto se aprecia así porque, en uno de los párrafos del reporte, escribió:

    “la especulación se dispersa en ilimitadas variaciones, y la resultante geopoesía no tiene ritmo ni razón”

    Reflexiona como un filósofo, planteando hipótesis, pero el hilo conductor de sus conjeturas se agarra con las uñas de los datos de otros, de algunos pocos hechos, y de las múltiples ideas sin piso que sólo valen en el contexto científico debido a que metodológicamente están justificadas. Pero igual piensa como marino, que por años navegó en aguas calmas y en mar picado, que probó el radar recién inventado viendo más las sombras del fondo del mar que las naves enemigas de los japoneses. Tuvo tiempo para ser navegante, científico, pensador, profesor universitario y, como lo muestra su escrito sobre las cuencas oceánicas, más poeta que geólogo.

    Al final de esa magnífica pieza científica poética, Hess escribió:

    “En este capítulo el escritor ha intentado inventar una evolución de las cuencas oceánicas. Es casi imposible que todas las presunciones hechas sean correctas. Sin embargo, parecen ser un marco útil para probar varios y diversos grupos de hipótesis relacionadas con los océanos. Se espera que el marco teórico, con los parches y reparaciones necesarias, puedan eventualmente formar la base de una nueva y más resonante estructura”.

    Este trabajo, que podría caracterizarse como un artículo de revisión o paper review, fue publicado originalmente en el Petrologic studies: a volume in honor of A. F. Buddington. A. E. J. Engel, Harold L. James, and B. F. Leonard, editors. [New York?]: Geological Society of America, 1962. pp. 599-620.

    Como puede advertirse, un paper review no es meramente una compilación documental, como muchos investigadores mexicanos creen, y que por lo tanto desdeñan y evalúan negativamente; consiste en un trabajo muy fino de lectura crítica de trabajos científicos de otros autores, que le permiten al investigador lector apelar a su experiencia y capacidad reflexiva para remontar esas ideas y proponer algo nuevo y diferente. Como alguna vez dijo el Premio Nóbel y químico teórico Roald Hoffman, palabras más palabras menos, “los científicos trabajan para mí, yo recojo la pedacería que generan en sus laboratorios y publican, la analizo y trasciendo, y los modelos que genero y publico ellos los prueban por mi en sus laboratorios”. Además, como también mencionó en otra ocasión Paul Feyerabend, “la ciencia es un cuento de hadas para adultos”. ¿O a poco creen que los documentales de las caricaturas digitales de dinosaurios reflejan la pura realidad? La misma historia tiene diferentes versiones según quien la cuente.

    VGA. Febrero 11, 2010

    Desde la trinchera en Ciudad Juárez, México.

    ¿Ghostwriter o negro literario?

    El Escritor Fantasma

    La escritura es quizá una de las cosas más apasionantes e intensas que cualquier persona pueda experimentar en su vida, tomado esto desde un punto de vista intelectual. Para Karl Popper, aprender a escribir, primero, y después saber comunicar por escrito sus ideas, junto aprender a leer y saber leer, fue el mayor logro de su desarrollo intelectual.

    Pero no todos piensan lo mismo, casi nadie lo hace. Para la mayoría de las personas, la escritura no deja de ser un acto mecánico que sirve para poner palabras sobre papel o, como ahora se acostumbra, en la brillante pantalla de la computadora o el teléfono celular, ya sea para recordar un asunto o mandar una nota. La brevedad de lo que a la carrera se apunta, con palabras o frases compuestas para hacerlas cortas, difícilmente podría catalogarse como escritura; son garabatos con un significado encriptado descifrable sólo por pocos. Tan así es la cosa que hay profesionistas universitarios que, al pedírseles que escriban en ese momento su curriculum vitae, refieren sus vidas en menos palabras que las que contiene este párrafo.

    Esto ha hecho que cuando se ven en apuros, ya sea porque tienen que escribir una tesis, una conferencia o un artículo de opinión, busquen apoyo para salir de ese paso. Es entonces cuando se acercan a alguien que los puede sacar de apuros, a uno que al menos puede escribir mejor que ellos. A esas personas que escriben por otras se les denomina en inglés ghostwriters, que literalmente quiere decir escritores fantasma, en español se les llama, un tanto despectivamente, negros literarios o simplemente negros. No lo hacen gratuitamente, el trabajo se vende; de hecho, hay muchos que viven a expensas de la agrafía de sus clientes.

    Pero también se hace trabajo de ghostwriting cuando, por ejemplo, una empresa contrata a una agencia para que le elabore manuales de operación, hojas técnicas de productos, guías y otros artículos necesarios para su mejor funcionamiento, o un político se rodea de escritores de discursos. En estos casos, las ideas que hay que destacar en los textos técnicos o en los discursos se les dice a los ghostwriters, luego ellos ponen a trabajar lo mejor de su oficio para producir documentos para quienes los contrataron.

    Los ricos y famosos también contratan ghostwriters para que escriban sus autobiografías. Es harto difícil, sino es que imposible, encontrar a un famoso o un súper ocupado político que se haya tomado el tiempo del mundo para sentarse a recordar y escribir, de una forma literaria y con estilo agradable, su vida, y dejar de lado el glamoroso ajetreo de estrella de la música, del cine, del deporte o de la política.

    Pongamos por caso la autobiografía del grupo de rock Aerosmith. ¿Se imaginan a Tyler o Perry colgando las guitarras para entonar una balada silenciosa de al menos 200 mil palabras que cuenten sus avatares en un libro de más de 400 páginas? ¿O al ex boxeador Mohammed Alí, con su mal de Parkinson a cuestas, empuñando una pluma para dejar memoria de sus hazañas en 200 y pico de páginas? ¿O al beisbolista Sammy Sosa, bateando jonrones de millones de dólares a la par que displicentemente cuenta su vida? ¿O al político Tony Blair, personaje tomado como referencia para The Ghost, de Robert Harris, excelente novela llevada a la pantalla por Román Polanski, escribiendo New Britain: My Vision Of A Young Country?

    Muchos autores, famosos ahora, fueron en un tiempo fantasmas de tiempo parcial o tiempo completo, dependiendo de sus necesidades. Entre ellos se encuentra Sinclair Lewis, que escribió cuentos para Jack London, o Paul de Kruif, que colaboró cercanamente con Sinclair Lewis en la escritura de Arrowsmith. En algún tiempo, Tito Monterroso, José Emilio Pacheco y Carlos Monsivais, entre otros, colaboraron en varias revistas médicas mexicanas, como El Médico o Médico Moderno, y en Comunidad CONACYT, del consejo de ciencia de México. No sé si fueron ghosts o no, pero JEP y Monsivais aparecían en el directorio editorial de las revistas médicas y estas contenían muy buenos artículos culturales anónimos.

    En versión diminuta, creo que algunos de los que en cierta manera medio nos defendemos en materia de escritura, al menos una vez hicimos trabajo de ghostwriter… obligados por las circunstancias. Yo lo hice incontables veces en un organismo internacional de Naciones Unidas donde laboré por varios años en la década de los 90s. Se me encargaban reportes, análisis, discursos, y hasta artículos científicos, en ninguno de los cuales apareció mi nombre. Se me decía que el trabajo era institucional y no personal, pero el jefe sí que le ponía su nombre. Una vez, ya para retirarse, también obligado por las circunstancias y aprovechando las semanas que aún le quedaban con vida por ahí, uno de tantos jefes que actuaba de igual forma que lo otros, nos puso a todos los profesionales a redactar un libro. Como director de orquesta él dizque lo dirigió, y nosotros escribimos los capítulos que ideamos por propia cuenta. El libro se publicó en Estados Unidos, pero esa persona ni siquiera nos agradeció el trabajo. La última vez que supe de su existencia se encontraba trabajando como profesor en una universidad americana. Si alguna vez concursó por el tenure, la inercia del publish or perish lo ha de haber empujado a conseguirse un ghost.

    Viendo el lado positivo de esta experiencia, hubo un momento en que me percaté que si los textos escritos por mi podían llegar sin problema al mismo escritorio del director general de esa oficina internacional para las Américas, o al director de la US Environmental Protection Agency, o al subsecretario de ecología de México, entre otros grandes cartuchones, me podía dar por bien servido, no importaba que no supieran quien hizo el documento que tenían ante sí. Pero probablemente nunca leyeron ninguno de mis textos, han de haber estado tan ocupados que todo el trabajo de lectura y análisis lo dejaron a cargo de sus ghostreaders.

    VGA. Febrero 2, 2010.

    Ciudad Juárez, Chihuahua. México.

    Frontera México – Estados Unidos.

    La Educación Universitaria y las Habilidades No Técnicas

    Las Habilidades No Técnicas y el Desempeño Profesional

    En lo personal creo que uno de los grandes vacíos que adoleció mi formación profesional en ciencias biológicas, allá en la década de los setentas del pasado siglo, no fue precisamente de carácter técnico (por el contrario, en eso estoy muy agradecido con mis profesores), sino de lo que en el vecino país del norte llaman habilidades no técnicas (non-technical skills), estas son: escritura científica y/o académica, elaboración de propuestas de investigación, búsqueda de fuentes de financiamiento científico, manejo de proyectos, ofrecimiento de charlas bien presentadas, creatividad profesional, organización y liderazgo de trabajo en equipo, desarrollo de bases de datos, toma de decisiones (que aunque usted no lo crea, ésta más que una habilidad es una virtud, y si no la posee tendrá que desarrollarla, pues un investigador en todo momento debe tomar decisiones, muchas pequeñas y una que otra importante de vez en cuando, pero decisiones al fin y al cabo), entre otras muchas habilidades, además de las nuevas habilidades no técnicas que surgieron en los últimos años con el desarrollo y popularización de la WWW, de las bases de datos digitales y de las redes sociales, como son el manejo y adaptación a los cambios constantes de hardware y software, los nuevos esquemas de comunicación en línea (blogs, wikis, facebook, twitter, youtube, etc.) que en inglés se le conoce como social media, la investigación en línea (que poco a poco se ha venido convirtiendo en una especialidad), la producción de materiales para plataformas digitales, etc.

    Algunas personas afirman que esta clase de habilidades no son algo que se deba aprender formalmente, sino que se adquieren durante las actividades que el individuo realiza a lo largo de la vida. Yo no estaría tan seguro de tal afirmación, pues si no existe el interés por parte de uno en hacer algo o una presión externa que lo empuje a hacerlo, como un jefe de departamento exigente o un atractivo bono económico como incentivo, difícilmente un profesor universitario ensimismado en su cátedra y embelesado con su grupo de alumnos, y que además secretamente espera con ansias el mundial de fútbol o la tarde para jugar dominó con los cuates o las vacaciones o la jubilación, se atreverá a escribir un artículo científico o humanístico y sacarlo a la luz.

    Pero en la vida diaria de los profesionistas universitarios también afecta positiva o negativamente la posesión de ciertas habilidades no técnicas. Por ejemplo, en un estudio realizado en el 2009 en Suiza, respecto a las habilidades técnicas (HT) y las habilidades no técnicas (HNT) de un grupo de paramédicos ante situaciones de emergencia simuladas (Wyl et al, 2009), se encontró que hay una estrecha relación entre las HT y las HNT con respecto al buen desempeño laboral, o sea, el éxito en el salvamento de emergencia. En este caso, las HNT se refieren a liderazgo, comunicación, conciencia clara de lo que ocurre, manejo de estrés, y relaciones interpersonales entre colegas, que son valiosas frente a situaciones críticas. Aún así, a pesar que en otros estudios se ha demostrado que la posesión o carencia de ciertas habilidades en este grupo de profesionistas es vital para esta clase de trabajo, la educación paramédica en Suiza no ha dado especial importancia a la educación para la adquisición de HNT de sus estudiantes. Por su parte, Engel (2008), en su artículo Non-technical skills, da cuenta de cómo las HNT son esenciales para la buena práctica médica y, en consecuencia, importante desarollarlas durante el aprendizaje, y nada más aconseja a los estudiantes a que las adquieran.

    Es un hecho que, desde hace varios años, en prestigiosas instituciones del extranjero se enseñan las HNT como parte de sus programas de licenciatura o de posgrado. Cursos de escritura científica, pensamiento crítico, creatividad tecnológica, investigación en línea, son sólo algunas de las asignaturas que se imparten en toda clase de carreras, ya sean médicas, tecnológicas, sociales o humanísticas. El arrojo de esas universidades para tratar estos temas de una manera profesional y no sólo verlas como una habilidad fruto de la experiencia que el egresado adquirirá en el futuro, en esta primera década de milenio hace la diferencia entre instituciones vanguardistas y subdesarrolladas, entre las que forman graduados completos o a medias.

    Referencias:

    Engel N. 2008. Non-technical skills.
    http://archive.student.bmj.com/issues/08/12/education/454.php
    Consulta realizada el 18/I/2010.

    Wyl T Von, M Zuercher, F Amsler, B.Walter, W. Ummenhofer. 2009. Technical and non-technical skills can be reliably assessed during paramedic simulation training. Acta Anaesthesiologica Scandinavica; Jan2009, Vol. 53 Issue 1.

    VGA. Cd. Juárez. Frontera MEXUS. Enero 18, 2010.