ESTRÉS, COVID-19 Y ESTRÉS POSTRAUMÁTICO: DE QUÉ MANERA EL ESTRÉS SE FORTALECE COMO TEMA DE INVESTIGADORES, TERAPEUTAS Y ESCRITORES DE AUTOAYUDA


Las incertidumbres que representa el COVID-19 pueden desafiar las capacidades de resistencia de un individuo. L Palinkas. University of Southern California,

Las incertidumbres que representa el COVID-19 pueden desafiar las capacidades de resistencia de un individuo. L Palinkas. University of Southern California,

Nicho de investigación

¿Puede un solo tema de investigación dar tela de donde cortar, de manera continua e inagotable, a un solo investigador científico? Ya lo creo que sí, y a esto se le denomina, en la jerga de la academia y la ciencia: “nicho de investigación”. El término nicho puede definirse brevemente como “el lugar que ocupa una especie en el ecosistema”.

Si bien la noción de nicho tiene su origen en la biología –“Joseph Grinnell fue el primero en insertar el concepto en un programa de investigación (en 1913) y en describir explícitamente los nichos de una amplia variedad de especies” (Pocheville, 2015)–, fueron los escritores americanos los que tuvieron la ocurrencia de trasladar el concepto a otro contexto y aplicarlo en su entorno literario para definir el sector exclusivo en que especializan su escritura. Por ejemplo, hay quien hace su nicho escribiendo novelas de terror, westerns, espías, etc. o temas de educación infantil; duelo; discapacidad; cáncer de pulmón; Cannabis u otras drogas, o la escritura académica y científica (como en mi caso), etc. Hay millones de temas en los que un científico o un escritor se pueden especializar.

Es el caso del descubridor del “estrés” (stress), que hizo de este asunto su nicho de investigación y producción científica. Cuando el joven de 29 años Hans Selye publicó su artículo A Syndrome produced by Diverse Nocuous Agents (Un síndrome producido por diversos agentes nocivos. Nature: 138, 32) en 1936, paper en el que describía una extraña sintomatología que se presentaba en ratas de laboratorio y que no había sido detectada por nadie hasta ese momento, estaba introduciendo no sólo un concepto –el de estrés– para nombrar a esa manifestación, sino que también estaba presentando una original propuesta teórica que cambiaría el modo de entender al hombre y la relación e interacción con lo que le rodea. Con la novedosa propuesta teórica del estrés empezó un nuevo modo de ver la vida cotidiana. A partir de ahí, el vocablo estrés se convertiría en una de las palabras técnicas de mayor uso por el común de la gente en el siglo XX.

Un síndrome producido por diversos agentes nocivos

El primer párrafo del artículo de Selye comienza explicando: “Los experimentos en ratas muestran que si un organismo es severamente dañado por agentes nocivos agudos inespecíficos, como exposición al frío, lesiones quirúrgicas, lastimadura espinal, excesivo ejercicio muscular o intoxicación con dosis subletales de diversas sustancias (adrenalina , atropina, morfina, formaldehído, etc.), aparece un síndrome típico, los síntomas del cual son independientes de la naturaleza del agente dañino o del tipo de droga empleada, y representan más bien una respuesta que un daño como tal”.

En pocas palabras, Selye describió cómo es que se desarrolla el síndrome e identificó tres fases en su proceso:

1ª fase: la reacción de alarma, donde el organismo responde a la situación extraña (ya sea una droga inoculada, el ayuno de horas o días, exposición a altas temperaturas o ruido intenso, etc.)

2ª fase: que denominó estadio de resistencia, donde los mecanismos de defensa del organismo alcanzan su máxima expresión

3ª fase: llamada estadio exhausto, que llevan al deterioro y a la muerte del organismo estresado.

Al conjunto de esas tres fases le llamó síndrome general de adaptación.

Selye presenta y describe el problema del estrés en su artículo, pero no habla de sus posibles consecuencias en las personas (su experimento fue en ratas), ni del posible tratamiento del síndrome. Todo eso y más ideas vendrían después.

La mano negra del editor

En el artículo original que envió Selye a la revista Nature denominó “estrés biológico” al fenómeno descubierto, pero los editores de la revista eliminaron por su cuenta ese concepto del texto, porque en aquellos años se conocía con la palabra estrés a la tensión nerviosa (histeria) de las mujeres, y eso podía confundir al lector; así que la sustituyeron por las palabras: “reacción de alarma”, que Selye explicaba en la 1ª fase. A Selye no le pareció que esas palabras tuvieran la fuerza que poseía el concepto estrés, por lo que en posteriores trabajos siguió dándole el nombre de estrés al síndrome descubierto.

Un estilo de escritura descriptiva

El artículo es pequeño, no es el ejemplo tradicional del artículo científico que alguien utilizaría en un taller de escritura científica para journals modernos; es más bien un texto descriptivo, muy bien estructurado, técnico y bastante claro; y el cuerpo consta de 570 palabras. Apenas ocupa la mitad de la página de la revista Nature. Para darnos una idea del tamaño del artículo de Selye, un editorial en el New York Times o el Washington Post promedian las 500 palabras de extensión.

Sin embargo, a pesar de lo breve, el impacto que tuvo el contenido de esa publicación en el ambiente médico y psicológico primero, y después en otras disciplinas, como educación, tanatología, etología, administración, bioquímica, farmacología, política, deportes, entre muchas otras más, fue explosivo. Con el tiempo, el artículo se convirtió en un clásico de la literatura científica.

El estrés como nicho de trabajo

Hans Selye ocupó de lleno su tiempo en el estudio del estrés. Convirtió este tema en su nicho de trabajo por casi medio siglo. Entre 1936 y 1982, año de su muerte, publicó 33 libros –científicos y de divulgación–, y superó la barrera de los 1600 artículos –en toda clase de journals científicos y algunas revistas comerciales–, todo sobre el estrés. Ofreció cientos de presentaciones en foros científicos, giras científicas y populares de conferencias en grandes auditorios, hizo presentaciones de sus libros (algunos de los cuales se tradujeron a varias lenguas), dio entrevistas a la radio y la televisión. Fue profesor de McGill University, director del Instituto de Medicina Experimental de Montreal, y después director fundador del Instituto del Estrés.

Hans Selye fue uno de los científicos más veces nominado al Premio Nobel; en total, tuvo 17 nominaciones… y nunca se lo otorgaron.

El estrés en la época moderna

Viner (1999) dice: “Un breve examen de cualquier periódico del mundo revelará que el estrés se ha convertido en una explicación universal para el comportamiento humano, el fracaso y la enfermedad en las historias contadas por médicos, políticos, hombres de negocios, atletas y la gente común”.

Existen miles de libros que ofrecen consejos sobre cómo lidiar con el estrés cotidiano. Incluso los médicos, los psicólogos y los científicos creen que el estrés es inherente a la vida moderna, y que el problema irá en aumento si no se le pone freno. La pregunta es, ¿cómo se le podría poner freno a este fenómeno que es resultado natural de la reacción de un ser ante los factores ambientales del lugar en que se encuentra?

El manejo del estrés personal o colectivo –hasta del estrés de los bebés en el vientre de la madre– es el gancho para vender psicoterapias somáticas, tratamientos para niños y jóvenes, pruebas de estrés, mindfulness, recetas de comidas calmantes, manuales para disminuir el estrés a través de la escritura, aromas, métodos, ejercicios, etc.

Pero también hay que saber que las plantas y los animales se estresan, y la observación de esta realidad en animales de producción o cría, animales domésticos, plantas en invernaderos, vida silvestre expuesta a las actividades de desarrollo del hombre, etc., nos muestra el alto costo que para la vida en general tiene el progreso del hombre.

COVID-19 y estrés

El concepto que ahora tiene cualquier individuo sobre el estrés, dice Viner, estaba ausente en la narrativa de vida de la gente común y de los expertos antes de 1930. Simple y sencillamente se desconocía su existencia. Hoy, a 84 años de la publicación del artículo emblemático de Selye, y a raíz de la pandemia mundial del coronavirus-19 (COVID-19), el estrés es parte inseparable del discurso cotidiano asociado a la enfermedad.

Los efectos directos e indirectos del COVID-19 permearon la vida de miles de millones de personas en el mundo, y, debido al encierro por cuarentena y a las incontables medidas de control sanitario, se modificaron o se forzaron nuevas formas de interacción entre los miembros de una población. La vida en el hogar, la escuela, las actividades laborales, la diversión, y tantas otras cosas, fueron trastocadas. El asunto es, cuanto tiempo durará esta situación.

La enfermedad del coronavirus-19 y su acelerada transmisión, las medidas sanitarias de protección que se tomaron en todos los países, el miedo instigado por los medios de comunicación amarillistas, el abrupto cambio en el modo de vida que llevó al encierro obligado, el ocultamiento del rostro cada vez que se sale a la calle o se ingresa a un lugar público, la imposibilidad de viajar para ir al sepelio de algún pariente cercano o trasladarse de un país a otro para volver a casa, la prohibición oficial para mirar por última vez al familiar que falleció presuntamente a causa del COVID-19 y sepultarlo humanamente, la pérdida del trabajo, entre miles de alteraciones más al estilo de vida que llevaban las personas, ha hecho del estrés el mejor aliado del virus y peor enemigo de la estabilidad psicobiológica de la gente.

En varios países se están haciendo estudios para ver cómo está afectando la epidemia a los pobladores de diferentes regiones. India, China, Irán, entre otras naciones, reportan altos niveles de estrés, ansiedad y depresión, asociados a la carencia económica, pérdida de empleo, y desaparición de oportunidades. El personal de salud que trata con enfermos de COVID-19 también manifiesta altos niveles de estrés, debido principalmente a que por su labor están sometidos a presión constante y a largas jornadas de trabajo.

Trastorno de estrés postraumático

Según Boyraz y Legros (2020), “la enfermedad del coronavirus (COVID-19) se ha convertido en una crisis de salud global con consecuencias amplias y devastadoras para las personas y las sociedades. Tanto investigaciones anteriores como hallazgos recientes sugieren que las epidemias y pandemias de enfermedades infecciosas pueden ser experiencias altamente traumáticas para algunas personas, y pueden predisponerlas al trastorno de estrés postraumático (Posttraumatic Stress Disorder, PTSD) y al trastorno psicológico crónico”.

Todavía falta mucho para tener la historia completa –o casi completa– del COVID-19; sin embargo, señalan los autores mencionados, estudios existentes sobre enfermedades infecciosas y epidemias “proporcionan información sobre los posibles factores de riesgo y sus elementos correlativos referentes al trastorno de estrés postraumático”.

De la revisión de literatura sobre COVID-19, estrés y epidemias, Boyraz y Legros identificaron recientemente los siguientes factores de riesgo postraumático asociados a la enfermedad, que sucintamente enlisto:

1. Nivel de exposición (ya sea que la persona haya estado cerca de algún pariente o amigo que luego resultó enfermo, o que por su trabajo tenga contacto continuo con enfermos de COVID-19)

2. Pérdida de un ser querido (principalmente se presenta en quienes tuvieron una súbita pérdida)

3. Hospitalización por COVID-19 (sobrevivir en un hospital a la enfermedad y ser testigo de sus efectos en otras personas propician el PTSD)

4. Aislamiento y cuarentena (incapacidad de cubrir necesidades básicas por el miedo a salir, sentimiento de cautiverio, necesidad de convivencia, etc. Este factor es de los que más están afectando a la gente)

5. Inequidad social y factores de riesgo relacionados (tipo de trabajo, clase de barrio de residencia)

6. Viviendo con una discapacidad (la movilidad limitada hace que muchos discapacitados se sientan presa fácil del virus)

7. Grupo ocupacional y responsabilidades laborales (como el personal médico, enfermeras, camilleros, paramédicos, laboratoristas, etc.)

8. Género (en su revisión, los autores encontraron que la mujer podría estar en mayor riesgo que el hombre para desarrollar el síndrome de estrés postraumático)

9. Edad (en otras epidemias, como la del SARS, se encontró que los mayores de 65 años eran el grupo más susceptible al PTSD)

A los anteriores factores de riesgo postraumático asociados al coronavirus, se pueden agregar otros (y debe haber más):

10. Vida solitaria (personas que viven solas suelen acrecentar sus miedos)

11. Falta de orientación y apoyo en relación al problema (ausencia de centros de información pueden hacer sentir abandono en algunas personas)

12. Incentivación del miedo por parte de los medios masivos de comunicación (por lo que algunos expertos recomiendan que la gente deje de ver noticias)

13. Educación (la preparación de las personas es un factor que puede incidir en el manejo del estrés en una persona y en quienes le rodean)

14. Creencias (algunas religiones están ayudando a sus fieles fortaleciéndolos mentalmente a través de la oración u otras prácticas religiosas)

15. Angustia (provocada por el conocimiento de que no hay todavía una cura y sí mucha información contradictoria)

En realidad, los factores PTSD no son los mismos ni se manifiestan de igual manera en todas las regiones del mundo o de un país. La cultura, costumbres, estilo de vida, educación, nivel socioeconómico, incidencia de uno u otro tipo de enfermedad, epidemias de violencia, y demás, varían de un lugar a otro.

Estrés, COVID-19 y estrés postraumático: un nicho de investigación

Para los estudiantes de licenciatura, especialidad, maestría o doctorado, la tríada estrés, COVID-19 y estrés postraumático constituye un enorme filón de ideas para extraer temas de investigación de tesis o trabajos posdoctorales o residencias. Desde cualquier disciplina puede enfocarse un proyecto y así contribuir un poco al conocimiento y manejo del mayor problema de la humanidad –hasta ahora– del siglo XXI.

Colofón

El estrés es un mal del que a menudo sólo se tratan sus síntomas –sin conocer lo que lo provoca en la persona–, que no tiene cura y mucho menos vacuna.

 

Referencias

Boyraz G & DN Legros. 2020. Coronavirus Disease (COVID-19) and Traumatic Stress: Probable Risk Factors and Correlates of Posttraumatic Stress Disorder. Journal of Loss and Trauma. DOI: 10.1080/15325024.2020.1763556

Pocheville A. 2015. The Ecological Niche: History and Recent Controversies. En Handbook of Evolutionary Thinking in the Sciences. Heams T et al. editors. Heidelberg: Springer

Selye H. 1936. A Syndrome produced by Diverse Nocuous Agents. Nature: 138, 32

Viner R. 1999. Putting Stress in Life: Hans Selye and the Making of Stress Theory. Social Studies of Science: Vol. 29, No. 3

Sugerencia de lectura. Libros sobre el estrés en plantas y animales: Plant-environment interaction: responses and approaches to mitigate stress (MM Azooz & P Ahmed, editores. UK: Wiley Blackwell. 2016), y Stress and Animal Welfare (DM Broom & KG Jhonson. The Netherlands: Springer. 2000).

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