De la enseñanza de la escritura. 6


The Writer. Revista sobre escritura que cumplió 125 años.

Pocas revistas en el mundo pueden decir: ¡Cumplimos 125 años de existencia! The Writer lo dijo. The Writer o “el escritor” en español, nació en 1887 y es la 30ava revista más antigua de los Estados Unidos.

Esta revista periódica que se publica mensualmente, tiene como tema la escritura y los escritores. Los asuntos más inverosímiles e inimaginables sobre la escritura son tratados aquí. Cualquier género, real o ficticio, es abordado desde la experiencia, y todo autor es un consejero para el que quiere aprender a escribir o, mejor dicho, a expresar por escrito sus pensamientos.

Los editores del primer número deseaban que la revista fuera de utilidad, interesante e instructiva a los trabajadores de la literatura (literary workers). Hoy, la revista ofrece inspiración, instruye e informa.

No tengo la menor idea de cuanto hubiera durado una revista como esta en México, en caso de que se hubiera publicado, pero no le daría más de un año de vida a una aventura de este género. Ahora bien, ¿cómo se puede uno explicar que en los Estados Unidos, de quienes los latinoamericanos y otros más dicen que no tienen cultura alguna, se interesen tanto en algo aparentemente poco práctico ––siendo una sociedad rayana en lo pragmática––, de corte escolar, y hasta aburrido?

Yo tengo la fortuna de haber conocido esta revista desde hace al menos 30 años. Tuve entre mis manos ejemplares que trataban de la escritura de la ciencia ficción o de crímenes reales; de la poesía; de la escritura de novelas de detectives o vaqueros; de la popularización de la ciencia; del bloqueo mental; de cómo organizar uno sus propios talleres de escritura; de cómo escribir para niños; del mal de la hipergrafia; de deportes; de la escritura de guiones; de la comunicación técnica; de la comunicación en los negocios; de la escritura médica; de la preparación de conferencias para un cierre de curso o para un funeral; de historias personales de autores reconocidos; y miles de asuntos más, y en verdad no fueron pocas las cosas que aprendí en sus páginas. Aquí fue donde comencé a cartografiar la cosidad de la escrituralidad.

Esta es una de las ventajas de vivir en la frontera con el vecino país del norte, donde todo está al alcance de la mano.

Y no se crea que los autores de los artículos de The Writer han sido escritores en el concepto que se les tiene en México ––como individuos glamorosos vestidos tan raramente como solo ellos lo saben hacer, rodeados de prensa, saliendo en la tele, presentando sus libros en todas las ferias del ídem, opinando sobre cualquier cosa, 100% dedicados a la pluma, y, sobre todo, novelistas, así, en negritas––; por el contrario, entre sus páginas encuentra uno desde amas de casa que se dan su tiempo para escribir un libro de recetas hasta el profesor de primaria que explica cómo enseña a los niños a escribir ensayos de ciencias o humanidades; también abundan los autores que se ganan la vida como escritores libres vendiendo sus artículos a una u otra revista y que consolidan sólidos prestigios, y, por supuesto, escritores famosos que pasan tips sobre sus procesos creativos.

Pero además, en ese país, los clubes y centros de escritores existen hasta en el rincón más profundo de Colorado como en el bárbaro Arkansas, en la racista Arizona como en la culta Austin. Otra de las cosas es que allá los escritores no se van a vivir a la capital porque si no su vida autoral no vale nada, como ocurre en México. Por el contrario, poniendo por caso a la vecina ciudad de El Paso, Texas, allí han residido autores tan renombrados como Cormac McCarthy, donde produjo parte de su obra y, de su conocimiento de la vida cruenta de Juárez, que a menudo visitó, dio vida a personajes y escenas de sus novelas. O Gene Roddenberry, creador de la serie de televisión Star Trek, originario de El Paso. O el escritor chicano Sergio Troncoso, ganador del Southwest Book Award y el Aztlán Literary Prize.

Algo que también me enriqueció muchísimo, y que fue el comienzo de la sección única en escritura de mi biblioteca, fueron las reseñas y catálogos de libros sobre el tema que traía The Writer, que me indujeron a adquirir obra tras obra, y que a través de los años ha sido mi principal fuente de trabajo cuando dejo de ser biólogo y trato de practicar e instruir escritura.

Otra fuente de documentación sobre el quehacer de la escritura son las bases de datos especializadas que, por lo regular, cuentan con decenas de miles de artículos académicos que estudian todas las fases de la creatividad escritural, en toda clase de gente y en todo tipo de ámbitos.

Por cierto, yo me río de quienes dicen que no se puede aprender a escribir ni que tampoco se puede enseñar a escribir, que se nace escritor o no se es, voces comunes entre literatos mexicanos; si así fuera, sobre todo en estos tiempos donde la tecnología y los medios roban tanta atención a los jóvenes, pocos serían los autores natos que se dedicaran a explotar su talento. Mucho tiene que ver el interés y la motivación.

Por cierto, el talento es uno de los varios temas del número de aniversario de The Writer: “The talent myth”, (El mito del talento) de Barbara Baig. Ella habla de los estudios que por décadas han realizado los científicos para encontrar una respuesta al aparente talento natural que tienen los ganadores, individuos exitosos en campos como la música, el ajedrez, el golf y hasta en la escritura. En resumidas cuentas, dice, no han encontrado evidencia de talento innato como prerrequisito para alcanzar el éxito.

Lo que si es verdad, por lo menos en las ciencias, la mayoría de los autores de artículos (papers) y libros, aprendieron a golpes y porrazos a redactar sus comunicados, la escuela de los coscorrones y los portazos en la nariz, como dice Tara Grey.

Pero además, la escrituralidad es un asunto que encanta a la sociedad americana. Los estadounidenses son grafos, escribientes. Su sistema educativo pone una excesiva atención a la comunicación escrita, y los niños van empoderándose de esta habilidad a medida que se educan. También son inveterados escritores de cartas, por eso el correo americano sigue funcionando tan bien como antes a pesar del correo electrónico, el Skype o los chats. Asimismo, para ingresar a cualquier universidad o para aplicar a ciertos trabajos, la escritura del ensayo es el elemento clave que les da la entrada.

En cambio, nuestras sociedades latinoamericanas, en general, son ágrafas. No escribimos. Incluso los adultos pierden la habilidad de redactar un texto a mano, esto lo veo siempre en los talleres que imparto. Y no me refiero a expresarse por escrito, que lo hacen a medias y con dificultad, sino que por su falta de costumbre de no escribir batallan para hacer anotaciones, como un niño que está aprendiendo a garrapatear sus primeras letras.

Jesús Lau y Concepción Félix observaron este fenómeno en México hace alrededor de 20 años, y publicaron su estudio en la revista Ciencia y Desarrollo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Entre otras cosas, detectaron que los ingenieros eran los menos aptos para escribir y que prácticamente nunca dejaban documentos que dieran fe de sus experiencias, mientras que los de las áreas biomédicas eran los que más producían. Ver “El catedrático ágrafo y la universidad mexicana”.

En fin, el aniversario de The Writer confirma que el interés de los americanos por la escritura está tan vivo en el siglo XXI como en el siglo XIX. Como escribiera para The Writer Louis  L´Amour, en 1942, quien fue el Marcial Lafuente Estefanía americano, uno como el otro grandes productores de novelas vaqueras:

“La gran necesidad siempre producirá una historia”

Y para los estadounidenses, acercarse al proceso de la escritura, como quehacer y como misterio, es una gran necesidad, y por eso, en ese país, la producción de libros y artículos sobre la escritura es un pozo que difícilmente se secará.

Victoriano Garza Almanza

Postscript

En su libro Write-A-Thon (Writer´s Digest, 2011), algo así como Maratón de escritura, Rochelle Melander dice  que Chris Baty, creador del National Novel Writing Month (que es un maratón de escritura para elaborar una novela de 50,000 palabras en 30 días), sostiene que lo que mueve a un escritor a cumplir con su cometido es la fecha límite que tiene impuesta (deadline). En el NaNoWriMo que Chris organizó en el 2010, se inscribieron 200,500 escritores, de los cuáles 37,500 terminaron sus novelas.

También cabe mencionar que, desde 1977, existe otra competencia escritural en los Estados Unidos que convoca a escribir una novela el fin de semana del festivo Labor Day, que son 72 horas.

Esto es un reflejo de lo que arriba apunté, de qué tan embrujados por la escritura están los americanos.

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