¿Qué sonido escuchas cuando escribes? De la paz monacal, el estruendo urbano, y el iPod


¿Qué ambiente sonoro prefiere el que escribe?

Mucho se ha dicho de la necesidad del silencio para el trabajo intelectual, tanto así que tal afirmación se convirtió en un dogma en el ambiente educativo.

Durante la infancia, y en la adolescencia, le recomendaban a uno estudiar en total silencio, sin otra compañía que los propios pensamientos. Se supone que debíamos buscar algún sitio aislado, o al menos intentar separarse de la realidad tapándose los oídos, oprimiendo con fuerza los pulgares o los dedos índice sobre el cartilaginoso trago de la oreja para obturar el canal auditivo. Esto último se aconsejaba con frecuencia, pues fue la técnica creadora de silencio que para estudiar utilizó Marie Sklodowska, mejor conocida como Madame Curie, y que, con los años y el mucho esfuerzo, la llevaron a sus dos premios Nobel, uno en física y el otro en química.

¿Por qué la insistencia de entonces? Estoy hablando de hace más de 4 décadas. ¿Es que se creía que era tan seminal el silencio y tan estéril el sonido? ¿Es que sólo un ambiente reposado y tranquilo daba paso a la concentración para el estudio o la escritura?

Tal vez en otras épocas pudo haber sido así, sobre todo si consideramos el silencio monacal que por siglos albergó el conocimiento y la enseñanza, y que luego pasó a los claustros universitarios emergidos de los monasterios.

Puede ser, supongo, que esa idea del silencio, mientras se trabaja intelectualmente, proviene de la edad media. Pero el silencio de los siglos chocó con la estruendosa sonoridad del siglo XX, especialmente durante su segunda mitad, cuando los aparatos electrónicos se multiplicaron y diversificaron de tal manera que la imagen y el sonido literalmente irradiaron con sus ondas al mundo.

Luego, a partir de los noventa, llegó el internet y la popularización de las computadoras, que con sus redes conectaron los puntos más lejanos y comenzaron a difundir manifestaciones culturales y musicales alrededor del orbe. Poco después, a comienzos del presente siglo, llegó el iPod, que llevó a los escuchas más allá del walkman y el cd player, permitiéndoles cargar y escuchar con minúsculos audífonos montones de melodías sin molestar a nadie, como en su momento si lo hicieron, hasta el cansancio, en los años 70s y 80s, aquellos que por la calle cargaban sobre los hombros sus monstruosas rocolas caseteras de hasta 15 kilos, con sonido estéreo y la música a todo volumen.

De hecho, las nuevas generaciones desconocen el silencio, y si se les aproxima a esta dimensión de la no existencia del ruido, pierden la cordura, se trastornan.

Los jóvenes de hoy día hacen sus labores escolares rodeados de ondas sonoras musicales o sonidos estruendosos. No pueden hacerlo de otro modo.

Así como en las películas, cuya trama transcurre siempre con fondos musicales o ruidos de toda clase, según la escena que se trate, así es la vida de los jóvenes de hoy; en casi todos los escenarios donde se paran hay un fondo musical que les predispone su estado de ánimo.

Las minas de silencio están casi agotadas en este mundo de hoy; la naturaleza lanza murmullos apenas audibles; el planeta es una bocina multisonora.

Aún más, ya ni los niños que se desarrollan dentro de la bolsa amniótica tiene tranquilidad, pues sus madres no se contentan con escuchar música sino que sobre las panzas colocan los aparatos para transmitirles las estridencias a sus bebés.

Para los autores o para quienes quieren serlo, se vende música que les puede acompañar en sus aventuras escriturales. Por ejemplo, la vieja revista The París Review, especializada en entrevistar escritores desde 1953 y averiguar cuáles son sus trucos a la hora de crear, que la verdad sólo les funcionaron a ellos, anuncia la mejor música para escribir del 2012, información basada en declaraciones de escritores.

La verdad es que, para inspirarse, hay absolutamente de todo, desde sonidos de la edad media hasta cantos gregorianos; de Pachelbel a Górecki; de Glenn Miller, pasando por Chubby Checker, los Beatles, Wizzard de Roy Wood, hasta Adele. En la actualidad, como nunca antes en la historia, hay tanta variedad de música y sonidos al alcance de cualquiera, que una u otra armonía puede predisponer distintos estados de ánimo en el individuo.

En lo personal, como una especie de Red Bull para arrancar, el rondó de la Sinfonie de Fanfares, de Jean Joseph Mouret, interpretado por Markus Würsch, la sinfonía Nº 6 Pastoral de Beethoven, y su obra en general, pero por costumbre Mozart, obra completa, entre otros muchos clásicos, puede acompañar el momento de trabajo.

Es difícil querer silencio cuando está tan lejano o se desconoce lo que es. Y quien sospeche lo que significa, lo considerará un efecto anormal de la naturaleza que puede provocar locura  a aquel que se exponga por un período largo a ese estado físico o por varios períodos cortos consecutivos.

En el mundo de hoy ya nadie se puede aislar. En este instante escucho a la vendedora de tamales ––de rojo, de verde y de dulce–– que pasa por la calle gritando su producto, los aullidos de los Chihuahua escandalizados por la voz eléctrica de la tamalera, el lejano estruendo de la batería del que vive en la esquina de  la cuadra, la música loca a todo volumen del que pasa en auto por enfrente, el teléfono que suena cinco o seis veces en la estancia, el abanico de mi computadora, el tecleo de mi escritura, los…

¿Qué si no es el silencio sino la muerte misma? Dirá el filósofo del sonido.

Victoriano Garza Almanza

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