Intolerancia: De Clarabelle a Charlie Hebdo

El trágico crimen perpetrado el día de ayer en contra de comunicadores visuales y escritores del semanario Charlie Hebdo en París, que cortó cruel y brutalmente 12 vidas y dejó un número similar de heridos, presuntamente por caricaturizar al profeta Mahoma y hacer continuo escarnio del Islam (aunque se mofaba de todo y todos), me hizo recordar lo que hace años me dijera una persona de un reconocido medio impreso nacional, en el cual ya había yo  publicado algunos artículos, al enviarle un texto que sin mayor trámite me censuró (nunca me había rechazado ni enmendado ninguno). Lo que remití para publicar fue una especie de cuento nonfiction semi-humorístico sobre algo que me sucedió hace 31 años en el sur de México, cuando apenas era yo un aprendiz de investigador, en el que contaba de mi encuentro fortuito y chusco con un extranjero que muy pronto se convertiría en el centro de la atención internacional por el caso Irán–Contras.

El trágico crimen perpetrado el día de ayer en contra de comunicadores visuales y escritores del semanario Charlie Hebdo en París, que cortó cruel y brutalmente 12 vidas y dejó un número similar de heridos, presuntamente por caricaturizar al profeta Mahoma y hacer continuo escarnio del Islam (aunque se mofaba de todo y todos), me hizo recordar lo que hace años me dijera una persona de un reconocido medio impreso nacional, en el cual ya había yo  publicado algunos artículos, al enviarle un texto que sin mayor trámite me censuró (nunca me había rechazado ni enmendado ninguno). Lo que remití para publicar fue una especie de cuento nonfiction semi-humorístico sobre algo que me sucedió hace 31 años en el sur de México, cuando apenas era yo un aprendiz de investigador, en el que contaba de mi encuentro fortuito y chusco con un extranjero que muy pronto se convertiría en el centro de la atención internacional por el caso Irán–Contras.

Como el asunto del Irangate estaba aún muy candente en ese tiempo, la persona que rechazó mi colaboración –que además era gratuita… o tal vez por eso– me dijo, palabras más palabras menos: “tú te puedes reír de los demás, de lo que piensan y de lo que creen; escribir lo que se te antoje sobre ello, aduciendo que estás en tu derecho y que eres libre de expresar públicamente lo que te venga en gana. Pero entiende, siempre habrá alguien que piense lo contrario y se sienta ofendido, y que si es ‘de armas tomar’, se sentirá movido a tomar medidas de cualquier clase, desde gritarte su enojo, demandarte, perseguirte o cosas peores.” El caso es que el breve relato no se publicó, no lo envié a ningún otro medio, y por ahí ha de estar en alguna gaveta.

El caricaturista Rius (Eduardo del Río), que fue objeto de censura y persecución por su historieta satírico política llamada ‘Los Supermachos’, que semanalmente publicaba en la década de los sesenta del siglo XX y que eran una lúcida metáfora del México de aquel entonces, contaba el diario vivir de los habitantes de San Garabato Cuc. Se trataba de un imaginario poblado rural, gobernado por un cacique llamado Don Perpetuo en eterna lucha en contra de su oponente el indígena Calzonzin, y habitado por una gama de personajes: policías represores, médico, boticario, poeta, sacerdote, periodista, cantinero español, esposas adulteras, adultas quedadas, y solteronas rezadoras, entre otros. Rius, que posteriormente publicó ‘Los Agachados’ –cuando le prohibieron ‘Los Supermachos’ (y así fue navegando con subsecuentes publicaciones periódicas) –, declaró a la revista Gatopardo sobre su experiencia de años de hostigamiento: “La censura es lo menos que he sufrido. Lo peor, quizás, fueron las represiones, las persecuciones policiacas, la intervención de los teléfonos, las amenazas de muerte.” Para tener una mejor idea del trabajo de Rius, en caso de que el lector no conozca sus historietas, puede ver la película de Alfonso Arau “Calzonzin Inspector”, en You Tube.

La intolerancia provoca censura y en ocasiones persecución, destierro o muerte. A veces afecta también la posesión y lectura de libros prohibidos por algún régimen. A mediados de los noventa del pasado siglo XX, por asuntos de trabajo residí una temporada en Asunción, Paraguay. Recientemente había concluido la larga dictadura de Alfredo Stroessner y los paraguayos estaban estrenando democracia. Como buscador de libros di con una modesta librería. Conversando con el dueño, y por ser yo extranjero, se sinceró conmigo y me condujo a través de un laberinto a un lugar insospechado. Se trataba de una librería escondida, de gruesos muros y sin ventanas como un pequeño bunker, que –según confesó– fue clandestina en el período de la dictadura, y estaba atiborrada de libros, en su mayoría soviéticos, cubanos y checos. “Hasta hace poco, me dijo, mi vida pendía de un hilo por esto que tengo aquí. Pero ahora que la gente es libre de tenerlos y leerlos, a nadie importan. No los compran, no he vendido ninguno y no sé qué hacer con ellos.”

Memín Pinguín (llamado por los niños “Memín Pingüín”) fue un personaje muy popular creado por Yolanda Vargas Dulché y dibujado por Alberto Cabrera para la historieta semanal del mismo nombre, que desde su aparición en 1943 hasta principio de los setentas cautivó al público infantil mexicano. Trataba de las aventuras de este niño, de clase baja, y sus amigos de escuela. Memín no era cualquier niño, se trataba de un negrito, y la historia se posicionó como una de las más vendidas, además del argumento original de la autora, precisamente porque en México casi no había gente de color en aquellos años (incluso hoy es un grupo étnico mucho muy reducido y sólo presente en tres o cuatro estados del sur del país). Cuando en 2005 el gobierno federal decidió emitir una serie de estampillas de correos con la figura de Memín Pinguín, pues como El Chavo del Ocho forma parte de la tradición de varias generaciones de mexicanos, el gobierno de  los Estados Unidos –seguido de sus líderes negros y demás– protestó y censuró los sellos postales asegurando que se trataba de un acto racista. Se anunciaron protestas y boicots en contra de México por parte de la gente de color de aquel país. No entendieron que Memín era parte de la cultura moderna del mexicano, y que ni las historietas ni los timbres tenían connotaciones racistas. 750,000 estampillas se publicaron y se vendieron el mismo día.

En 1931, el buró de censores de los Estados Unidos decidió prohibir la difusión de unos dibujos animados de Walt Disney por considerarlos ofensivos y perjudiciales a la moral pública. Se trataba de la vaca Clarabella (‘Clarabelle’) que aparecía en las caricaturas de Mickey Mouse con las ubres al aire, como es natural en ese género de animales. Luego, para evitar que las ubres se le balancearan como badajo de campana de un lado al otro cuando la vaca se movía, se ordenó vestirla con pantaletas o falda. Canadá también penalizó a Disney porque los peces en el agua nadaban muy juntitos a la sirenita, había que separarlos a una distancia prudente para evitar suspicacias. Esta clase de censuras afectaron la aparición y desaparición de varios personajes en estos medios.

Si la caricatura de una vaca con las ubres expuestas conmocionó hasta los cimientos al gobierno de un país conservador, ¿qué disensión e incomodidad no producirán las imágenes de un profeta o de un líder espiritual en personas de extrema religiosidad?

JE SUIS CHARLIE

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