La idea detrás del libro Publica o Perece: El escritor informado

Quien estudia ciencias o humanidades, y quien con toda intención o por descuido se convierte en investigador, a menudo tiene la idea de que para registrar y comunicar sus hallazgos de laboratorio o campo sólo hay dos maneras de hacerlo: por medio de la tesis ––ya sea de licenciatura, maestría o doctorado––, o mediante el artículo científico o académico.

Lo cierto es que hay múltiples formas de registrar y comunicar la información científica o humanística, lo cual obedece a los distintos usos que se le vaya a dar.

Por ejemplo, la información de un artículo científico suele contener datos de primera mano ––normalmente generados por el propio autor––, que se presentan en un estilo mesurado, objetivo, indicando la metodología empleada para obtenerlos, mostrando los resultados más importantes, y señalando qué implica lo encontrado a la luz del contexto de estudio.

Quien estudia
ciencias o humanidades, y quien con toda intención o por descuido se convierte
en investigador, a menudo tiene la idea de que para registrar y comunicar sus
hallazgos de laboratorio o campo sólo hay dos maneras de hacerlo: por medio de
la tesis ––ya sea de licenciatura, maestría o doctorado––, o mediante el
artículo científico o académico.

Lo cierto es que
hay múltiples formas de registrar y comunicar la información científica o
humanística, lo cual obedece a los distintos usos que se le vaya a dar.

Por ejemplo, la
información de un artículo científico suele contener datos de primera mano
––normalmente generados por el propio autor––, que se presentan en un estilo
mesurado, objetivo, indicando la metodología empleada para obtenerlos,
mostrando los resultados más importantes, y señalando qué implica lo encontrado
a la luz del contexto de estudio.

Mientras que la
tesis, que suele ser un escrito de mediana a gran extensión ––en ciencia hay
tesis de menos de 50 páginas mientras que en humanidades algunas alcanzan a
veces hasta 3,000 páginas––, en principio, sólo sirven para que el estudiante
exponga por escrito todo el historial de su investigación, la manera en cómo la
llevó a cabo, que muestre y explique lo encontró, y que discuta el probable
impacto del trabajo en su disciplina.

El artículo
científico va dirigido a una audiencia muy exclusiva y poco numerosa de
investigadores ––la verdad es que a veces cinco lectores de un artículo son
multitud––.

La tesis va
dirigida a un comité académico evaluador que determinará el valor de un trabajo
investigativo, el dominio del tema por el estudiante, la presunta capacidad del
tesista para hacer investigaciónes por sí mismo en el futuro, y su habilidad
para manejar el conocimiento adquirido ––tanto construyendo como utilizando
argumentos consistentes–– en la defensa de la tesis.

A miles de
científicos les ha bastado en su vida profesional haber escrito al menos las
tesis de maestría y doctorado, y redactado y publicado alrededor de 15 o 20
artículos científicos en revistas de mediana y alta calidad internacional, para
mantener un estatus y un estilo intelectual de vida.

Muchos de ellos
probablemente no escribieron otra cosa porque desconocían qué otras estructuras
retóricas pudieran existir, así que se contentaron con los esquemas de la tesis
y el artículo.

Esta es una de
las cosas que descubrí en mis talleres de escritura científica. Casi la
totalidad de los profesores investigadores que asistieron a ellos sólo conocía
estas dos clases de textos.

Percibían la
presencia de otra clase de escrito en el ambiente académico, el artículo de
divulgación. Pero este quedaba fuera de su interés y preocupación. Para ellos no
tenía nada que ver con su trabajo y era hasta de mal gusto siquiera mencionarlo.
Dejemos esto aparte por el momento, y en otra blogueo tocaré el asunto del
porque los científicos y profesores univesitarios le hacen el feo a la
popularización de la ciencia.

Pues bien, los
participantes de los talleres también sabían de la existencia de otros tipos de
textos, como la reseña de un libro; pero, por ejemplo, desconocían que se
podían hacer reseñas de un documental de cine o de una conferencia; o que era
válido, si así se requería, discutir el contenido de un novedoso e importante
artículo y publicar las razones.

Tampoco se les
ocurría a la mayoría de ellos, si no es que a todos, que, habida la cantidad de
información que manejan en sus cátedras, fuera posible preparar con ella libros
de texto. Esto es interesante, porque muchos profesores universitarios tiene la
idea de que los que escriben los libros de texto o son profesores retirados, o
son escritores contratados por las empresas editoriales para ello, o que los
libros de texto sólo se escriben en el extranjero, así como que la cigüeña sólo
viene de París.

Entonces, pensé,
poniéndome en el lugar de ellos, ¿cómo voy a escribir una estructura retórica
si no la conozco? A menos que invente una, pues no, ¡claro que no!

Con esta idea en
mente, me puse a identificar y a catalogar algunos de los diversos tipos de
documentos que escribí en el pasado ya como investigador, como profesor
universitario, como consultor internacional, como estudiante, como padre de
familia, etc., y encontré varias clases de composiciones. Pero, además ––lo
cual es una de las ventajas de haber sido lector desde la infancia––, me
extendí en mi búsqueda y encontré docenas de diferentes estructuras retóricas
para la comunicación de la información científica y académica (varias de ellas
se pueden utilizar en otros asuntos, como en los negocios).

Y, ojo, no hablo
de contenidos sino de formas de presentar la información, que también esto es
tema de otro futuro blogueo.

De esta manera
fui enriqueciendo mi taller, enseñando a los investigadores qué otra clase de
escritos podían elaborar ––según sus propósitos––, para comunicar sus ideas,
sus proyectos, los resultados parciales o finales de sus investigaciones, etc.,
y cómo hacerlo. Porque cabe aclarar que en el taller de escritura científica se
elaboran alrededor de 30 ejercicios escriturales, algunos individuales y otros
en equipo, a lo largo de 5 días de trabajo. Así, la lista de los diferentes
documentos que puede redactar un investigador fue creciendo.

Un buen día,
leyendo un texto autobiográfico de Graham Greene, escrito allá por los años
treintas del pasado siglo XX, me llamó la atención la forma en cómo narraba sus
aventuras en África. En aquel tiempo ––hago un paréntesis–– el llamado
continente negro estaba poco explorado, por eso las historias de Tarzán o de
King Kong eran totalmente creíbles para la gente. Aún los propios científicos
imaginaban, ahora hablo de los años sesentas, cuando comenzaron a pulular por
el mundo los hippies y la mota se hizo parte del floclor, que muy posiblemente
todavía existían recónditos lugares en África habitados por dinosaurios.

Pues cuenta
Greene que para evitar los peligros y moverse con cuidado por territorio
desconocido, compró un mapa inglés. La carta geográfica no mostraba nada, era
un espacio en blanco. Luego adquirió un segundo mapa, este de hechura
estadounidense. Lo en el otro estaba en blanco, este otro mapa se llenaba con
la palabra canibales. Y concluye
diciendo: “uno de ellos confiesa abiertamente su ignorancia… El otro (…)
demuestra una abierta imaginación”

Vi que esto es
lo que estaba pasando con los investigadores que asistían a mis talleres,
trataban de sobrevivir en un territorio académico desconocido con dos cartas
geográficas, una que decía tesis, que
únicamente decía: “sólo usese para titularse y tírese”, y otra que anunciaba artículo científico: “nada más sirve
para hacer la carrera del primer autor, para enriquecer el curriculum y el
bolsillo, y para el álbum de recuerdos”.

Se encontraban
como Greene en Sierra Leona, África, en 1930. Se me ocurrió que había que
diseñar nuevas cartas de navegación para los profesores investigadores con
mayor información.

De esta manera
comenzó a tomar forma el libro Publica o
perece
, primero como un manual del taller, que se usó repetidamente, y cada
vez poco más evolucionado, y después como un texto de cosulta, para ayudar a
los profesores universitarios, pero también a cualquiera que deseara escribir
desde los negocios, la empresa, las ONGs, o el gobierno.

Poco más de 100
diferentes tipos de esctructuras retóricas conformaron 191 de 291 páginas que
tiene el libro impreso. Con esto, un investigador puede comenzar a
alfabetizarse en un campo hasta ahora desconocido, el de la escritura
académica, y, en consecuencia, potenciar sus capacidades para producir más
trabajos y de mayor diversidad.

Estos recuerdos
se me vinieron debido a que estoy preparando la tercera edición de Publica o perece (segunda edición para
Kindle), de próxima aparición, y reelaborando algunos puntos.

Un investigador-autor,
porque al fin y al cabo cuando el investigador escribe y publica se covierte en
un autor, que además de conocer su área de especialidad aprende a conocer diferentes
formas y canales de expresión escrita, se convierte, como dice Charles Bazerman,
en un escritor informado.

Victoriano Garza
Almanza

Ciudad Juárez,
Chihuahua

Frontera MEXUS

 

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