Soy jefe… ¡El autor soy yo! (Sobre la coautoría forzada)

¿Qué es la coautoría de un artículo científico o de una ponencia especializada? La coautoría en investigación significa tener dos o más colegas trabajando colaborativamente con uno para resolver un problema y, en consecuencia, para analizar los resultados obtenidos, para escribirlos de forma objetiva, lógica, coherente y entendible, y para difundirlos en algún medio para conocimiento de otros colegas interesados en el mismo tema.

 


¿Qué es la coautoría de un artículo científico o de una ponencia especializada? La coautoría en investigación significa tener dos o más colegas trabajando colaborativamente con uno para resolver un problema y, en consecuencia, para analizar los resultados obtenidos, para escribirlos de forma objetiva, lógica, coherente y entendible, y para difundirlos en algún medio para conocimiento de otros colegas interesados en el mismo tema.

Es decir, quienes de una u otra forma juegan un papel importante en el desarrollo y culminación de un proyecto de investigación, hasta la publicación final de los datos –según juzgue el criterio del líder del equipo de trabajo–, podrá ser considerado como coautor del artículo o la ponencia.

En esencia esto es lo normal y, en apariencia, es lo que sucede en el ámbito de la comunidad científica.

Pero el que investiga, escribe y publica con frecuencia, sobre todo quien tiene experiencia de años, sabe bien que en el medio científico académico –nacional e internacional–, donde se cotizan las publicaciones y proporcionan a los autores principales y secundarios toda una gama de reconocimientos y remuneraciones económicas, es común la coautoría forzada.

¿Qué es la coautoría forzada?

Es aquella en que el autor o autores de un artículo científico, una ponencia nacional o internacional, o de un libro, entre otro tipo de escritos, se ven forzados u obligados por las circunstancias a incluir entre los coautores a una o más personas –que nada tuvieron que ver con el asunto estudiado ni con el esfuerzo realizado para la culminación de un proyecto–, por la simple razón de que ejercen autoridad sobre el grupo de trabajo y, en particular, porque –al amparo de su poder– desean ver sus nombres impresos en esas obras.

En lo personal, no sólo he visto infinidad de casos así a lo largo de mi carrera, sino que también he sido objeto de esta clase de abusos.

Algunas experiencias.

Por ejemplo, algo que me tocó atestiguar de primera mano en algunos centros de investigación de finales de siglo XX –pertenecientes a entidades de salud y agricultura–, los directores de esos lugares, y a menudo los superiores de ellos que se encontraban en el nivel central (México, D.F.), determinaban qué personas aparecerían como primero, segundo, tercero y ene autor de un trabajo. Normalmente, los directores generales, o a veces algún subsecretario, aparecían en la lista de autores. Con frecuencia los autores verdaderos se mostraban como último coautor o de plano no aparecían en los trabajos. Y como candado para la difusión del trabajo, no se podía enviar a publicación ningún artículo si no tenía la venía de la denominada superioridad.

En un organismo internacional en que trabajé varios años (hace más de dos décadas), en distintos períodos tuve diferentes jefes de la vieja escuela (de los años cincuenta y sesenta), que en ocasiones me ponían a escribir diferentes clases de documentos porque, según coincidían en decir, tenía cierta facilidad para analizar documentos pertinentes a la organización, escribir lo que se requiriera, y poder hacerlo con la rapidez que ellos necesitaban para su trabajo.

Fueron incontables los documentos técnicos oficiales que elaboré y que les sirvieron para conferencias; para publicaciones; para entrevistas sobre temas específicos de medio ambiente; propuestas y resúmenes ejecutivos de potenciales proyectos; material para talleres y cursos; informes regionales sobre salud ambiental, etc., pero en ninguno apareció jamás mi nombre.

Autoría negada.

¿Y cuál era la razón de esta autoría negada? Cuando yo pregunté sobre el asunto a uno de esos jefes que pasó por esa oficina de la organización, quien antes de convertirse en consultor internacional había sido secretario de salud en su país, me dijo simple y llanamente:

“¡Tú no eres el autor! ¡El autor soy yo, que represento a la organización! ¡Tú sólo eres un empleado que debe acatar órdenes!” Hablaba por él, pero también entendí que hablaba por todos los demás jefes pasados y los que vendrían en el futuro.

Otro de esos jefes de esa misma organización, allá por el año 1991, nos puso a varios de nosotros a elaborar un libro, que luciría como obra propia en su despedida de la organización, y que le serviría como tarjeta de presentación personal para incorporarse como profesor en una universidad norteamericana. El colmo de males fue que a ninguno de los 4 o 5 profesionales que escribimos el libro, ni al personal de oficina que lo tradujo al inglés (porque se publicó en español e inglés), ni a quienes llevaron a cabo la producción editorial, nombró ni dedicó una sola palabra de agradecimiento. En cambio, de una manera por demás lambiscona, agradeció un apoyo –inexistente– a una serie de funcionarios públicos y privados colocados en posiciones clave para su nuevo proyecto de vida.

Autoría que entra con calzador.

Quienes se encuentran en el medio científico y académico bien conocen la importancia de escribir y publicar, de ahí el famoso dicho publica o perece. La publicación es el indicador para evaluar el trabajo del investigador y para premiarlo. De ahí el boom que en las universidades y tecnológicos del mundo se está viviendo desde hace años. Se investiga, se escribe y se publica de todo (en otro momento comentaré sobre los vicios que esto ha provocado y sobra la discutible calidad de muchos de los trabajos “científicos” publicados).

Algunos tienen más habilidad que otros, por lo que los menos aptos buscan la forma de colarse entre los autores. En tal sentido, la modalidad de la coautoría forzada se ha afianzado entre los que tienen cierta jurisdicción o potestad sobre quienes poseen la capacidad de producir.

Algunos hacen sentir su autoridad para que se les incluya; otros disfrazan con ciertas clases de apoyo al investigador sus intenciones de que lo “inviten”; hay quienes recuerdan favores pasados y piden su pago; otros prometen retribuir la coautoría de hoy con otra coautoría cuando escriban su propio trabajo. En fin, existen incontables maneras, algunas muy directas y otras no tanto, de forzar la inclusión de una (falsa) coautoría en un trabajo de investigación.

Estos temas de la coautoría forzada, la coautoría negada, y la coautoría negociada, como los denomino, entre otras formas igual de nocivas y aberrantes, son algunas de las muchas caras que posee la deshonestidad académica, y que las instituciones de educación superior y centros de investigación deberían de monitorear, fiscalizar, y penalizar.

El monitoreo no es tan difícil. Si uno observa detenidamente, con facilidad podrá encontrar a aquellos coautores que aparecen en trabajos de chile, de dulce y de manteca, o sea de todas clases, con el afán de obtener reconocimiento y de hacer puntos para aquellos órganos evaluadores que cada cierto tiempo los recompensan económicamente y en especie. La pregunta es, ¿cómo le hacen para aparecer en tantos trabajos?, sobre todo si son trabajadores administrativos, o consultan u operan diariamente a equis número de pacientes, o tienen doble o triple chamba, o son políticos militantes y activos. La respuesta es simple: con calzador o con componendas se introducen en los grupos.

Victoriano Garza Almanza

Frontera MEXUS

Julio 19, 2014.

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