Necrológicas de día de muertos: Entre el obituario y la tesis



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Hay muertos que no olvido y vivos que para mí ya murieron.

Dicho popular.

Antes del principio… la nada

Uno empieza haciendo historia desde el momento en que fue concebido. Antes de eso, el “yo” de cada cual era sólo una probabilidad entre trillones, nano-remota eventualidad que por azar de algún milagro emergió del choque y unión de dos diminutas células del padre y la madre.

En el “antes”, no había nada; a partir de la concepción del “yo”, “todo”. Porque uno lo es todo para sí mismo, y sin uno para sí mismo no hay “nada”.

Cuando se es un sujeto humano, la vida comienza a tomar sentido en tanto se crece y desarrolla; se educa y aprende; trabaja y engendra; ama y desprecia; cree o descree; vive y muere.

Del principio a la muerte

Y cuando la muerte llega, uno puede ser todo o algo para los que deja atrás –mientras exista alguien que le recuerde–, y luego, en el olvido, uno vuelve a ser nada.

Esa pequeña ventana de vida personal que se abre entre la inexistencia de uno y la muerte del “yo” existente, en un universo donde sólo hay eternidad, veinte, cuarenta, sesenta o cien años de vida de cualquier persona no son ni un millonésimo de segundo de destello solar sobre la hoja de un árbol.

Pero para los que transitamos como seres vivientes sobre la tierra –y para quien los dure–, veinte, cuarenta, sesenta o cien años de vida son abundantes. Tan fértiles pudieron ser esos años vividos que, para guardarles memoria, hay quien se ocupa de reseñarlos en obituarios.

El obituario: Letras para recordar al que se fue

Por tal motivo, en diversas sociedades es costumbre escribir y publicar extensos obituarios en los periódicos y revistas –hábito no practicado con ese arte en nuestra sociedad–, donde se hace un recorrido por la vida del recordado. Incluso, hay secciones dedicadas exclusivamente a este género. No se trata de escuetas esquelas ni de epitafios lúgubres al estilo oscuro de Lovecraft, sino de relatos e incluso ensayos que evocan momentos cumbre del individuo.

“El 90% de los obituarios regularmente se escriben al cierre de la edición, dice Margalit Fox –experta escritora de obituarios de The New York Times–, que es cuando llega la noticia del deceso de alguna personalidad. Entonces, a pocas horas del fallecimiento, telefoneo a los parientes y pregunto”. Con la información obtenida y datos recogidos de aquí y allá, a contrapelo Fox redacta el obituario que aparecerá en unas horas (The Paris Review, 2014).

Fox escribió para el NYT los obituarios de Diahann Carroll, Toni Morrison, Judith Krantz, Charles Manson, John F Kennedy Jr., entre decenas, si no es que cientos, de personajes de la vida pública internacional.

Pero no todos los obituarios son de gente rica o famosa o poderosa, como Ann Wroe, editora de la sección de obituarios de The Economist, contó a Amanda Coletta en una entrevista. Le dijo que “muchas de las figuras que aparecen (en los obituarios) son aparentemente ordinarias o son los últimos testigos de mundos que se extinguen: individuos como Marie Smith, la última hablante del idioma Eyak (idioma del sur de Alaska ya desaparecido), o Lazare Ponticelli, el último soldado francés de la primera guerra mundial. A veces también hay obituarios de animales famosos” o de mascotas queridas por amos ricos y caprichosos.

El obituario como género periodístico: La historia llega a ti

Fox dice que el propósito de la sección de obituarios es malentendido. “La gente tiene un miedo cerval a la muerte; sin embargo, el 98% del obituario nada tiene que ver con la muerte, sino con la vida. Acaso hay una o dos frases que dicen cuándo y dónde murió la persona”.

Por ejemplo, el obituario de Carl Sagan (1934-1996) que publicó The New York Times es una crónica de su vida donde William Dicke, escritor de obituarios, describe el éxito de Sagan como científico y como el máximo divulgador de la ciencia que haya habido en los Estados Unidos. El obituario consta de 1744 palabras y Dicke sólo dedica 52 palabras a comentar la causa de su deceso.

Respecto a los obituarios, William Zinsser, autor de On writing well, uno de los manuales de escritura más vendidos en Estados Unidos, decía, refiriéndose a los obituarios que: “siempre me sorprende la cantidad de historia que se puede expresar en tan pocas palabras”, que en promedio son obituarios de 1000 palabras.

El personaje principal de The obituary writer, de Porter Shrever, es un escritor de obituarios, quien pensaba: “mi trabajo consiste en medir la vida de las personas. Quería pasar de esta tarea, pero tenía que creer que no era importante, incluso si la escritura necrológica, cuando lo pensaba, era algo opuesto al periodismo: en lugar de salir a buscar la historia, la historia llega a ti”.

Calaveras

A diferencia de las calaveras mexicanas, irónicas referencias a la muerte que comenzaron a utilizarse “para hacer escarnio de aquellos –vivos– que figuraban en el mundo público y en el régimen” (AR Villarreal Acosta, 2012), los obituarios se escriben para los vivos, con los mejores recuerdos de los muertos. El obituario, dice S Barth (2014), “es un tributo final al muerto”.

Y así como en México se escriben calaveras para los vivos, no pocos escritores de obituarios de los principales diarios mundiales hacen lo mismo; es decir, escriben pre-obituarios sobre gente famosa de edad avanzada o que está muy enferma y que presuntamente les queda poco tiempo de vida. De esta manera, cuando la persona celebre fallece, los narradores de necrológicas tienen casi a término el primer borrador de su obituario, quedando por agregar 40 o 50 palabras que mencionen la causa de la muerte, y en su justo momento lo publican.

La muerte como objeto de investigación de tesis

Alba Roxana Villarreal Acosta dedicó su trabajo de investigación doctoral al tema de la muerte en México. Su tesis se titula La representación de la muerte en la literatura mexicana. Formas de su imaginario (Universidad Complutense de Madrid, 2012).

Y como esta existen muchas más tesis que tienen como tema la adoración de la muerte, como la tesis de maestría de Ingrid Alatriste Ozuna: Análisis iconográfico y el discurso sobre la Santa Muerte en tres escenarios: Ciudad de México, Tijuana y Los Ángeles (El Colegio de la Frontera Norte, 2014). O la tesis profesional de Ana Gabriela Ruiz Luna: Fieles difuntos que es un video documental. (Universidad de las Américas Puebla, 2005).

Colofón

La Sociedad de Escritores Profesionales de Obituarios ofrece sus servicios anunciando: “¿No sería fantástico leer su obituario en vida a tener que escucharlo después de muerto?”

 

Originalmente publicado en NTR Guadalajara como Obituariología: el oficio de relatar lo que una persona muerta fue en vida. Reelaborado para Publica o Perece.

 

Mayor información temas de tesis en:

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Victoriano Garza Almanza

Cd. Juárez, Chihuahua

Frontera MEXUS

Sábado 2 de Noviembre del 2019

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